Helena Maleno es delgada. Parece una mujer sin peso, más ingrávida que sólida, volátil, hecha solo de sentimientos que son universos que no tienen ni la dimensión ni la consistencia de las cosas físicas que conocemos en nuestra vida terrenal de cada día, pero que sí son, claro, el alma sublime, y a veces maldita, del ser humano.

Si tuviéramos que pesar a Helena físicamente, por sus kilos, nos bastaría una balanza muy sencilla. Si la tuviéramos que pesar por sus sentimientos, por su compromiso y por su corazón, necesitaríamos incontables y colosales grúas, porque ella lleva el peso de miles de personas desfavorecidas, asustadas y desesperadas, y al mismo tiempo libera de otro peso, del peso amargo de muchas conciencias, a otros seres y entidades mucho menos humanas y que ella sobrelleva. Helena, así, es frágil y densísima a la vez.

Para quién no la conozca, Helena Maleno es una activista de derechos humanos que se ha dedicado la mayor parte de su vida a apoyar y ayudar a todas esas personas del otro lado oscuro del mundo que buscando la vida, que huyendo de la muerte, de la violencia o de la miseria, intenta cruzar el estrecho y llegar en un dantesco y peligrosísimo viaje sur-norte a Europa.

Ha salvado tantas vidas, con la ayuda de la buena gente que aún hay en la frontera de España y de Marruecos, que ese peso es un gigantesco diamante para todos que nos regala cada día, cuando avisa a las autoridades de esos viajes “hacia la esperanza o hacia la nada” y evita así más muertes de las que se producen.

Helena es un corazón. Acaso el color de su corazón sea el negro, de seda negra, que también es un color hermoso y es el color de la piel de tantas mujeres, hombres y niños que ha podido salvar. Y de los que pese a sus esfuerzos, se han hundido para siempre y tanto le duelen y nos duelen. El corazón de Helena es dulce y agriamente negro como los centenares de mujeres y hombres que el martes poblaron la catedral de Tánger, en una misa llena de sentimientos oficiada por el Obispo, Monseñor Agrelo, para apoyarla, decididos y orgullosos, como se apoya a una madre o a una hermana cuando se sabe que está en peligro.

Porque Helena está en peligro. Falazmente se la acusa de promover esa inmigración ilegal. Seguramente gente de corazón negro también, pero no de seda si no de carbón podrido, que no han entendido nada o no han querido entender, confunde los verbos “propagar” y “ayudar”. Y por ello, podría entrar en prisión en Marruecos por un supuesto delito que en España se archivó, pues consideró la Fiscalía que nunca lo fue, y ahora se ha exportado suciamente al otro lado del estrecho.

Pero, sin duda, la justicia marroquí, como lo hizo la española, comprenderá su inmenso, envidiable, fantástico y desinteresado trabajo. Premio de los Derechos Humanos de la Abogacía Española, siempre tendrá a ésta, que sabe de su humanidad, solidaridad y dignidad, como garante. Pero no solo la abogacía, también el aval de miles de mujeres y hombres comprometidos y de buena voluntad.

Helena es un corazón de seda negra, inmenso y maravilloso que debemos proteger. Y querer. Porque sin su latido, no solo morirían muchos seres en el estrecho, también moriríamos un poco todos nosotros.

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