EL POLITIKO

SIN CENSURA

Faltan cinco días para volver a donde estábamos

Por mucho optimismo que se ponga en el empeño, no se vislumbra nada que las elecciones del 21 de diciembre puedan aportar para avanzar en la solución de la crisis catalana. Sea cual sea su resultado los problemas seguirán siendo exactamente los mismos que hace dos, cuatro, seis meses o un año, con el agravante, además, del encarcelamiento o exilio de los principales líderes independentistas. El futuro gobierno, si es que los resultados permiten formarlo, se enfrentará al mismo bloqueo que ha existido hasta ahora. Porque lo único que podría apuntar a un camino de solución sería la negociación entre las partes. Y es muy probable que tras las elecciones esa vía sea tan impracticable o más que hasta hoy.

En las últimas semanas se han publicado muchos sondeos. Tantos que cabe preguntarse de dónde se ha sacado el dinero para pagarlos. En todo caso ninguno ofrece vaticinios concluyentes. Sólo apuntes de tendencias. Y ninguno de ellos muy sólido. Una es que el bloque independentista pierde algo de fuerza. Pero muy poca. Otra, la más llamativa, es que Ciudadanos puede ser el partido más votado, sobre todo a costa de hundir al PP. El previsto ascenso del PSC no parece tan sólido como el anterior. Pero en porcentajes las variaciones no son muy grandes e incluso pueden entrar dentro del margen que error que aceptan los institutos demoscópicos, tal vez con la excepción de la citada subida del partido de Albert Rivera. Y, además, sigue habiendo un gran número de indecisos, hasta medio millón de votantes, y, más allá de lugares comunes, no es fácil pronosticar por qué opción se inclinarán los nuevos votantes, que se cree que van a ser muchos.

En definitiva, que resultados de muy distinto tipo son posibles. El reparto de votos entre los tres partidos independentistas y los porcentajes que obtengan los demás partidos, Ciudadanos, PSC, los Comunes y el PP, son las incógnitas del 21 de diciembre. Porque de cada una de ellas se podrían derivar consecuencias políticas. En la escena catalana y en la española. Pero hay dos impresiones generalizadas entre quienes sigue cada día el asunto. Una es la de que los independentistas aún pueden hacerse con la mayoría absoluta. La otra es de que lo que algunos llaman bloque constitucionalista no conseguirá hacerse con el gobierno en el supuesto de que los partidos que lo forman llegaran a acuerdo con ese fin. Porque no tendrán los escaños suficientes para imponerlo y porque los que se oponen a ellos los tendrán para hacer imposible esa salida. La explicación es que los Comunes no permitirán un gobierno de Ciudadanos, el PP y el PSC. No podrían nunca explicar una actitud diferente.

¿Y qué hará el partido de Domenech y de Ada Colau si la fórmula que se someta a la votación del Parlament es la de una nueva coalición independentista, esta vez en minoría, con sus líderes tradicionales o con unos nuevos a su cabeza? Si eso ocurre, lo más previsible es que los Comunes se abstendrán y abrirán la puerta a un gobierno soberanista al que podrían condicionar en su futura andadura.

Y vuelta a empezar. Con un expresident y tres exconsellers fuera de España y otros 8 en la cárcel, con el artículo 155 en vigor y sin que nadie sepa cuando devolverá el gobierno central sus competencias a la Generalitat y si eso va a terminar produciéndose o no. Es decir, con la misma situación de guerra abierta y sin concesiones entre La Moncloa y la Plaza de Sant Jaume que había hace dos meses, cuando a Mariano Rajoy se le ocurrió, o le impusieron desde Europa, la genial solución de unas elecciones catalanas que no resuelven nada.

¿Cambiará de actitud nuestro presidente y optará finalmente por la vía del diálogo con el independentismo a la vista de que las cosas siguen igual… de mal? ¿O el previsto éxito electoral de Ciudadanos, a costa del voto al PP, endurecerá aún más su postura por temor a que ese crecimiento se extienda al resto de España?

Que cada uno se apunte a la respuesta que prefiera o a cualquiera de las que quepan entre ellas. Pero algo bastante previsible. Que si las cosas le van tan bien como dicen los sondeos, el partido de Albert Rivera no soltará la presa y si en los últimos meses ha sido bastante más duro que el PP respecto de los independentistas, en consonancia con las tesis de José María Aznar, tras las elecciones hará lo que esté en sus manos para impedir que Rajoy se avenga incluso a hablar con el nuevo gobierno catalán. Porque lo que estará en juego será, lo es ya, el protagonismo en la derecha española. Y a menos que Miquel Iceta reviente los sondeos y obtenga un resultado formidable que reforzaría la posición de Pedro Sánchez frente al sector centralista de su partido, el PSOE tendrá poco que decir en esa dinámica.

Estaba claro desde hacía mucho tiempo que la crisis catalana le venía grande a Rajoy. Lo que no era fácil de prever era que lo hiciera tan rematadamente mal cuando el asunto se puso de verdad caliente. Por cierto, que en los plazos y las formas que los independentistas habían anunciado con mucha antelación. La prensa adicta y los corifeos del PP se desgañitan cada día contra Puigdemont y los suyos con el objeto prioritario de que nadie reflexione sobre la desastrosa gestión del presidente del gobierno en este asunto. Por que es de suponer que no esperan que las diatribas de El País, el ABC, La Razón o Televisión Española vayan a influir mucho en el voto de los catalanes. Pero esa realidad es demasiado contundente como para ser ocultada. Y desde luego no pasa desapercibida en las cancillerías europeas ni en algunos ambientes empresariales. En todo caso, es lo que hay y lo que seguramente va a seguir habiendo en mucho tiempo. Para desgracia de todos.

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