Nos puedo imaginar el número de conversaciones, preguntas y debates que usted, lector, lectora, habrá tenido sobre el porqué del independentismo, la razón separatista o Tabarnia y su grado de realidad. Da la impresión de que los ciudadanos están cansados de defender posiciones y escuchar razones de unos u otros pero con la interior convicción de que no acaban de entender ni saber responder. En esas conversaciones hemos estado también como usted, lector, lectora. Hemos recibido un sinfín de preguntas por parte de personas de diferentes países, que se acercaban a nosotros pensando que podríamos explicar el caso por dedicarnos a esto de la comunicación o por ser españoles, pero sepa que hemos respondido las más de las veces como usted, lector, lectora. De forma intuitiva y rápida. Argumentando que esto iba de sentimientos identitarios y de emociones bien gestionadas.

Nuestro entorno político imprevisible, complejo, sin precedentes, incierto y volátil hace que nuestra capacidad de decidir entre una respuesta emocional y rápida y una respuesta analizada, fría y racional nos lleve a preferir la primera de ellas. En el famoso texto de Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, el Nobel de economía afirma que hay dos sistemas en el pensamiento humano: el sistema 1, rápido, instintivo, emocional; y el sistema 2, lento, deliberativo y lógico. En el primero de ellos, se producen atajos lógicos que tiene el cerebro: los sesgos cognitivos, un efecto psicológico que desvía el proceso mental para distorsionar las interpretaciones llevándolas a juicios inexactos, conclusiones ilógicas e irracionales. En nuestras acciones y toma de decisiones, los sesgos cognitivos corresponden en la intuición a sesgos de percepción conocidos como falacias. 

En la conformación de las interpretaciones por parte de las diversas partes en el debate catalán han actuado algunos sesgos sociales que podrían explicar, en parte, la situación sostenida de polarización entre dos tipos de pensamiento no anclados en el rigor de los datos, es decir, que el dato económico, grave, potente, frío y racional, no pesase tanto como una frase emotiva, una historia personal o una fotografía bien pensada. El sesgo cognitivo que más ha influido en el lado independentista es el del falso consenso, o el que hace que la mayoría de la gente sobreestime el grado de acuerdo que los demás tienen con ellos. Así pues, los independentistas creen que todo el mundo piensa como ellos o debería hacerlo. De ahí la generalización constante y el tomar la parte por el todo, o esas frases que generalizan una opinión de parte, “los catalanes quieren…”

Otro sesgo social es el de confirmación, por el cual se tiende a recordar y favorecer aquella información que alimenta las propias creencias. Este mecanismo que ha estado presente en cualquiera de las comunidades políticas, independentistas y unionistas, de izquierda y de derecha, es el que hace que consumamos medios de comunicación afines a nuestras creencias. Es un sesgo con el que colabora la endogamia de los grupos de whatsapp o las redes sociales cuyo algoritmo realimenta aquellas comunidades que son las que más frecuentamos. Esta falacia del debate abierto, también rebaja la importancia de la información alternativa a la que manejamos. También alimenta el frontismo y la polarización. Los medios de comunicación juegan en este caso como falso anclaje haciendo creer a los “consumidores políticos” que están bien informados a la hora de tomar decisiones. También explica, además, la perseverancia de las creencias: éstas persisten aunque se haya demostrado su falsedad. Cabe en este sesgo incluir la explicación al extendido tema de la “posverdad”.

Otra de las actitudes colectivas que se observa en el caso catalán es el anchoring o anclaje, que consiste en destacar un solo rasgo como importante a la hora de tomar decisiones, desestimando todos los demás. En la compra sería como fijarse solo en el precio sin atender a las demás características del producto. En este caso, el independentismo ha destacado prácticamente solo el hecho de la “guerra con España” como rasgo principal del producto electoral. Frente a ello, el lado unionista ha apelado a más temas como determinante de las decisiones. El sesgo de considerar solo un dato evita que los demás elementos, como la economía, pierdan su valor a la hora de escoger.

El efecto arrastre o bandwagon es la tendencia a pensar que algo está bien si muchas personas lo piensan. Ocurre cuando se opta por un comportamiento gregario y sin criterio, cuando no se asume la responsabilidad de la decisión como propia, sino como hecho colectivo. Se trata de la imitación y la negación de la discrepancia. Esto explica lo largo y sostenible de la movilización en Catalunya. El marco o foco de las cosas funciona como un sesgo de efecto encuadre. Las interpretaciones se toman según como sea presentada la información. En este caso es muy interesante lo ocurrido con Tabarnia, la ilusoria campaña de independencia de Barcelona y Tarragona del resto de Catalunya, suponiendo que ésta se independizara de España. Este relato irónico funciona porque se encuadra en el marco argumental del propio independentismo. Si hay razones para la independencia de Catalunya, también las hay y son las mismas que las de la independencia de Tabarnia.

Podríamos señalar muchos más sesgos cognitivos que han funcionado en el pensamiento rápido de los electores catalanes, pero destaquemos por último el de atención, aquel por el cual los estímulos que son emocionalmente relevantes en un entorno hacen que se mantenga de manera preferencial ese tema sobre todos los demás. Sería lo que Inés Arrimadas llamaba siempre “el monotema”. Otras tendencias que han funcionado como mecanismos de distorsión de la percepción son los que nos hacen vernos a nosotros menos sesgados que los demás, el de que los individuos tienden a anteponer la importancia de pertenencia a un grupo, incluso por encima de argumentos sólidamente racionales.

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