Qué cruel ironía. Todo estaba dispuesto para otra vibrante demostración de orgullo español y poderío del aparato gubernativo en el marco incomparable de la Pascua Militar. La ministra de Defensa, Maria Dolores de Cospedal, iniciaba los juegos de la patria recordándonos que el Ejército está preparado para actuar ante cualquier eventualidad en Catalunya; por desgracia nada nos desvelaba sobre su preparación frente a una eventualidad en Murcia o Lugo, o una nevada en Segovia.

Inconmensurable en su papel de diosa guerrera, con mantilla en vez de espada, aprovechó la jornada  para desvelarnos que el verdadero enemigo habita en las noticias falsas -sin ir más lejos, sobre su emprendedor marido- y ensalzar el compromiso del Ejército con esa nación española cohesionada, abierta, vertebrada y plural; como si aún estuviéramos enterrando a Franco y a un Ejército de la UE le quedara otra opción que acatar la legalidad democrática.

A esa hora de éxtasis siguió otro momento para la historia protagonizado por Felipe VI, errante en su vagar de penitencia y enmienda. Tras tener que gastar el mensaje de navidad en intentar salir del pantano en que se metió con su disparatada alocución sobre Catalunya, ahora debe buscar la sombra de su padre y  ponerse a la cabeza del relanzamiento de la figura de Juan Carlos I como sapientísima majestad y pater amantísimo de la democracia; tras meses de mandarlo a la semiclandestinidad convencido de publique legitimidad y recibir el aplauso de la corte de los milagros o salir bien en los publireportajes eran lo mismo.

Estaba previsto que los juegos de la patria concluyeran con la habitual sesión de escarnio y exorcismo del nacionalismo catalán cuando irrumpió un temporal anónimo para recordarnos y recordarles que gobernar es que los turnos estén completos y los funcionarios estén todos en su turno, las máquinas en su sitio y funcionando, las carreteras transitables, los dispositivos desplegados y preparados antes del desastre y los ciudadanos informados y avisados como Dios manda.

La  primera nevada del año ha cogido al Gobierno Rajoy tan ocupado en la tarea extraordinaria de salvar la unidad de esa España, que no había tenido tiempo de hacer su trabajo más ordinario. Al final, nos hizo falta el Ejército, pero no para sofocar el desafío independentista sino para rescatar a conductores y familias de la nieve, el frío y la noche. Que nos les cuenten otra vez la milonga de la excepcionalidad. Se trataba de una nevada y un temporal tan previsible que no le habían puesto ni nombre. Lo único excepcional se halla en el nivel de ineptitud de un Gobierno que sólo sabe decretar el estado de temporal ante los problemas.

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