Ruina, catástrofe o la peor crisis de la historia son algunas de las expresiones que utilizan estos días en Suecia para describir la grave situación que atraviesa la Academia Sueca, el selecto organismo que cada año se encarga de elegir el premio Nobel de Literatura. A Klas Östergren, Kjell Espmark y Peter Englund, los tres miembros que la semana pasada anunciaron su renuncia, se sumaron ayer la hasta ahora secretaria permanente de la institución, Sara Danius, que dimitió tras una tensa reunión en la sede de la Academia, y la escritora Katarina Frostenson, cuyo marido está acusado de numerosos abusos sexuales. Un escenario que deja a la institución al borde del colapso.

Tanto es así, que el rey Carlos XVI Gustavo se plantea tomar cartas en el asunto para garantizar que el organismo pueda seguir desarrollando sus funciones. Al fin y al cabo, la celebración de los premios Nobel es casi una cuestión de Estado para Suecia y uno de sus mayores activos en términos de imagen y prestigio. El monarca estudia la posibilidad de cambiar las centenarias leyes que rigen la institución para permitir que los miembros dimisionarios puedan ser sustituidos por otros. Según la arcaica normativa vigente, los cargos son vitalicios, lo que hace que quienes renuncien no puedan ser reemplazados hasta su muerte.

En realidad, la Academia Sueca nunca ha sido ajena a los conflictos y rivalidades. Integrada por 18 miembros, hacía años que dos de ellos, las escritoras Kerstin Ekman y Lotta Lotass ya no acudían a las reuniones ni participaban en ninguna votación por discrepancias previas a las que han desatado la crisis actual. Quien escribe estas líneas, de hecho, tuvo la oportunidad no hace mucho de escuchar la historia de la boca del propio Englund, uno de los tres miembros que dimitió la semana pasada.

En el origen están las acusaciones de abusos sexuales contra el marido de la académica Katarina Frostenson

Sin embargo, todo indica que la tormenta que se cierne ahora sobre la institución no tiene precedentes. En el origen están las acusaciones de abusos sexuales que 18 mujeres presentaron hace unos meses contra el fotógrafo y dramaturgo sueco-francés Jean-Claude Arnault, marido de la miembro de la Academia Katarina Frostenson. Desde que el diario Dagens Nyheter destapó el caso en noviembre, el escándalo no ha dejado de crecer.

A las supuestas agresiones sexuales se suma el conflicto de intereses en el que habría incurrido la Academia Suecia por haber destinado fondos a la sociedad de Arnault y en la que también participa su mujer.

Por si fuera poco, a Arnault también se le acusa de haber filtrado el nombre del ganador del Nobel en al menos siete ocasiones. En un primer momento, la Academia encargó una investigación externa. Sin embargo, la semana pasada, una escueta mayoría de miembros rechazó expulsar a Frostenson originando la dimisión en cadena que ha dado lugar a la grave crisis en que se halla sumida la institución. “Cambiando la normativa, puede que el rey consiga que la academia siga funcionando. Pero el daño es inmenso, ya está hecho y la institución nunca recuperará la confianza de la gente”, asegura a este diario el periodista Björn Wiman, responsable de Cultura del Dagens Nyheter.

En su opinión, sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Terminar con los cargos vitalicios “rebajaría el estatus de los miembros, les bajaría del pedestal, de
esa condición casi sobrehumana que ostentan y permitiría modernizar de una vez por todas la institución”.

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