Una de las más eficaces herramientas del patriarcado ha sido hacer creer a las mujeres que nosotras éramos nuestras peores enemigas. Que las mujeres nos llevábamos mal, no nos soportábamos, establecíamos nuestras relaciones desde la comparación, la envidia, desde una competitividad que, por supuesto, ni siquiera era de carácter profesional o intelectual: las mujeres competían por los hombres y se convertían en rivales por la caza de los mejores (lo cual, por otra parte, no parece extraño en un sistema donde el destino para ellas era el del matrimonio). Maledicentes, intrigantes, chismosas, de poco fiar, las mujeres no podíamos ser amigas ni buenas compañeras. Y mientras nos tenían apartadas, presuntamente peleándonos entre nosotras de una manera histérica (los médicos machos acuñaron el término desde la etimología de nuestro útero y el macho Freud lo desarrolló a conveniencia), los hombres movían los hilos de los espacios de libertad y de poder de los que nos excluían.

Hasta que nos dimos cuenta de la trampa, muchas de nosotras nos tragamos ese cuento perverso. Fueron precisamente nuestras ansias de libertad las que nos hicieron caer en las redes de tal manipulación machista. Yo fui una de esas niñas y adolescentes que lamentaban no haber nacido chico. No es que me interesaran más sus juegos ni sus aficiones, simplemente quería poder hacer lo que me diera la gana, como ellos. Mi amiga Inma y yo deseábamos ser niños para poder ser libres, por eso nos cambiamos los nombres. Las niñas crecíamos con la conciencia de un hándicap. Hasta que empezamos a sabernos engañadas: nuestro presunto hándicap era su ventaja. Más aún: tras esa gran mentira de la rivalidad descubrimos que, por el contrario, las mujeres no solo nos gustamos y somos cómplices, sino que somos solidarias, compañeras políticas, hermanas.

El manifiesto contra el movimiento #MeToo de cien destacadas mujeres francesas no es sino una tardía reminiscencia de aquella trampa que nos tendió el patriarcado: divide y vencerás. Las mujeres enfrentadas como su herramienta mejor. Lo que sorprende no es que haya mujeres que sigan presas de esa red, sino que mujeres intelectuales, cultas, profesionales, con mucho mundo a sus espaldas, estén tan confundidas como para identificar un proceso de liberación con una vuelta al “puritanismo” y a la “moral victoriana”, como denuncia su impulsora, la escritora y crítica de arte Catherine Millet. No he oído a una sola feminista ni a ninguna mujer que apoye el movimiento #MeToo cuestionar los gustos sexuales de otra, ni siquiera los que tan profusamente publicó madame Millet en su libro La vida sexual de Catherine M. Porque lo que está en cuestión no es si nos gusta follar con desconocidos, practicar sexo grupal o que nos aten en la cama. Allá cada cual con su libertad, sus diversiones y su empoderamiento sexual.

Lo que está en cuestión es que el cuerpo de las mujeres sea utilizado como moneda de cambio para el acceso a las migajas del poder de los hombres, que la sexualidad de las mujeres no se respete desde el intercambio equitativo -un intercambio de deseos, de voluntades- sino que se conciba como un vehículo de sometimiento a ese poder: sexo por trabajo, sexo por oportunidad. Madame Millet, no nos hemos quedado, como usted dice, traumatizadas porque nos hayan tocado un muslo (más allá de que no es lo mismo que te toquen el muslo en un proceso de mutua seducción que en un despacho donde firmas un contrato de trabajo: eso es confundir gravemente los límites de “nuestra esfera íntima” y confundir gravemente que un hombre te “importune” con que ejerza sobre ti una dominación injusta). Lo que ha dejado traumatizada a la humanidad es que la historia de la mujeres haya sufrido una secular fractura moral. Y no me refiero, no, madame, a la moral victoriana, sino a todo el mal que hemos sufrido y sufrimos por el hecho de ser mujeres. Frivolizar con un muslo es banalizar ese mal.

Por muy brillantes que sean sus currículos, las firmantes del manifiesto francés son las hijas más enfermas del patriarcado. Basta con leer en esta  entrevista lo que ha llegado a decir la propia Millet: “Lamento mucho no haber sido violada, porque así podría dar fe de que una violación también se supera”. Una declaración semejante no necesita comentario, tan solo un diagnóstico facultativo. Después se refiere a una abogada violada que aconseja no denunciar las violaciones, y también dice que las mujeres tienen “un gran poder”, sobre todo “en la esfera doméstica”. Que sea alguien así quien acuse de puritanas a las mujeres que se empoderan contra la dominación y la violencia machistas deslegitima por completo la corriente que lidera. Catherine Millet no ha leído a Kate Millet.

Francia lleva mucho tiempo decepcionándonos: hace décadas no habríamos creído que desde el país que fue cuna de la Ilustración, desde la cultura de Diderot y Condorcet, desde la revolución de El segundo sexo (Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”) se produjeran, por ejemplo, multitudinarias manifestaciones contra el matrimonio igualitario. Esa Francia que ha sabido disimular su conservadurismo con elevadas dosis de egolatría, pero debe aceptar que hace ya mucho tiempo que perdió su grandeur (incluso para dar paso, al más vulgar y trumpiano ultraderechismo). El manifiesto de las francesas viene a sumarse a esa ola reactiva que ahora exporta Francia, en este caso con el objetivo de dañar a los movimientos feministas. Un manifiesto que rezuma neoliberalismo, tan demodé, mesdames. Ustedes no son sino mercenarias del patriarcado, mesdames. El mismo patriarcado que inventó y difundió la idea de que las mujeres somos nuestras peores enemigas. Demasiado tarde, mesdames: sean bienvenidas a la era de la sororidad.

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