Aquí alimentó sus raíces y forjó su paisaje emocional. Aquí se descalzaba para sentir la tierra y el paisaje del que se alimentaba. ­Joan Miró pasó en la masía familiar de Mont-roig todos los veranos de su vida, salvo los que estuvo exiliado. Aquí se hizo construir su primer taller, donde concibió, pintó y esculpió cientos de obras, desde La masia a los paisajes imaginarios. La Vanguardia ha entrado en el epicentro del universo mironiano, que pronto podrá visitarse. La Fundació Mas Miró abrirá el taller y la masía al público a partir del 20 de abril.

La hoja del calendario que cuelga en una de las paredes del taller se quedó en agosto de 1976. Fue el último verano que Joan Miró pasó en Mont-roig del Camp. Tenía 83 años. “Vino hasta que ya no tuvo fuerzas suficientes”, afirma la directora de la Fundació Mas Miró, Elena Juncosa. Sus padres compraron la masía cuando Miró tenía casi 18 años. Y aquello fue crucial, como relata Josep Massot, autor de la última biografía del artista, El niño que hablaba con los árboles (Galaxia Gutenberg).

“Hemos dejado el taller tal y como lo dejó él”, explica Juncosa

El padre de Joan Miró se opuso tajantemente a que su hijo se dedicara a la pintura. Quería un oficio provechoso para él y le obligó a estudiar contabilidad. Pero a punto de cumplir los 18, el joven Miró tuvo una crisis nerviosa, seguida de un tifus que facilitó su renuncia como aprendiz de contable y se instaló en Mont-roig en la recién adquirida masía. En el Mas, Miró desarrolló su pasión y aquí regresó cada verano, desde Barcelona, desde París y, a partir de 1950 desde Mallorca.

“Hemos dejado el taller tal y como lo dejó él”, explica Juncosa. El calendario sitúa el momento. En el respaldo de una silla, el mono azul con manchas de pintura evocan al artista, que no cuesta imaginar trajinando en este luminoso taller. Hay varias cajas en el suelo, en una, las páginas de La Vanguardia del 6 de agosto de 1950 envuelven el yeso en polvo. Todo aquí ha adquirido una aura inspiradora, cualquier objeto se antoja una pequeña obra de arte. Sobre un banco hay un par de raíces de un árbol recogidas en la playa donde Miró iba a pasear a diario, una concha… En las estanterías, un jarrón, un siurell de Mallorca. En las paredes se conservan dos grafitis que pintó Miró, una foto de Picasso, otra de su íntimo amigo Joan Prats y varias postales. Una de ellas, de la plaza Prim de Reus, donde se desplazaba para comprar sus trajes en la Sastrería Queralt o los carbones (quedan algunos en la mesa) en la papelería Tomàs Barberà, todavía hoy en la plaza Mercadal.

Materiales del taller de Miró Materiales del taller de Miró (Ana Jiménez)

“La apertura del taller tiene una trascendencia enorme, será un descubrimiento a nivel mundial, toda la obra de Miró está refe­renciada con la fuerza de la tierra, y en este sitio está la esencia ver­tebradora de su obra”, mantiene Joan Punyet, nieto del artista e impulsor, junto con su sobrina, Lola Fernández, de la Fundació Mas Miró.

Si el taller de Cézanne en Aix-en-Provence, donde el pintor trabajó durante dos años (de 1904 a 1906) es un referente y parada obligatoria, en el Mas Miró el artista creó ininterrumpidamente durante 65 años. En Mont-roig concibió su obra surrealista más importante, desarrolló la escultura y además de La masia (cuadro que adquirió Hemingway y que ahora se expone en la National Gallery de Washington) pintó la última constelación. “Decía que aquí también venía a poner las ideas en orden”, explica Juncosa. Hombre metódico, se levantaba muy pronto y cada día bajaba caminando por el barranco de la Pixerota hasta la playa. “Solía decir que trabajaba como un hortelano, que cada mañana mira cómo están las plantas antes de regar o podar o recoger los frutos… Él no empezaba una obra y la acababa, sino que tenía varias cosas comenzadas e iba haciendo… A veces su mujer tenía que ir a buscarlo para comer porque perdía la noción del tiempo”, añade Juncosa. La música y la poesía la reservaba para otros momentos.

El taller de Miró en Mas Miró de Mont-Roig El taller de Miró en Mas Miró de Mont-Roig (Ana Jiménez)

Los veranos en Mont-roig eran largos, desde junio y hasta finales de septiembre, cuando finali­zaban las fiestas del pueblo. Y durante los primeros años, el taller de Miró estuvo en la habitación que posteriormente ocupó su ­hermana. Fue en 1942, tras re­gresar del exilio, cuando el artista decide construir en un edificio anexo, un taller donde pudiera trabajar, pintar y esculpir “como si estuviera en el campo”.

En 1942, la mujer de Miró, Pilar Juncosa, escribió una carta a la esposa del arquitecto Josep Lluís Sert, diciéndole que les hubiera gustado que fuese él quien hubiese hecho el taller, pero por entonces Sert tenía prohibido trabajar en España. Así que firmó el proyecto el segundo marido de la hermana de Miró, Lluís G. Ylla, de Vic. “Sobre este tema y sobre muchas de las obras que Miró concibió aquí, hay poca documentación, se ha estudiado poco y son cosas que también queremos impulsar”, dice la directora de la Fundació Mas Miró.

La construcción del taller arrancó en 1943 pero los problemas económicos y la inseguridad que generaba la II Guerra Mundial obligaron a parar las obras, que no se reiniciaron hasta 1947. Al año siguiente, Miró empezó a trabajar desde su nuevo estudio.

El empeño de sus descendientes ha hecho posible, por fin, abrir el Mas Miró al público y con ello “cerrar el triángulo perfecto con Mallorca y Barcelona”, mantiene Joan Punyet. La familia luchó como nadie para mantener el Mas Miró en pie.

Imagen exterior de la casa familiar de Miró Imagen exterior de la casa familiar de Miró (Ana Jiménez)

La construcción de la AP-7 en 1972, que discurre cerca del Mas, ya fue un golpe para el artista; pero más tarde, a finales de los noventa, la A-7 a punto estuvo de llevarse por delante el epicentro mironiano, y aunque esta autovía se quedó a pocos metros, la familia no tiró la toalla.

En el 2015 donaron la casa (valorada en un millón de euros) e hicieron una aportación de 700.000 euros más para afianzar la Fundació Mas Miró, que preside el alcalde de Mont-roig y de la que también forman parte el Estado (que aportó 200.000 euros) y la Generalitat (150.000 euros). Los descendientes han conseguido otras donaciones privadas con las que el proyecto irá creciendo.

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