¿Quién no ha sucumbido a la tentación de darle con un dedito a un oniscídeo sea en la infancia sea en la edad adulta? ¿Quién no ha experimentado una suerte de placer infantil viéndolo encerrarse en sí mismo en un alarde que le volvía intocable? Bichito bola. Cochinilla. Lo hemos visto rodar y caer y permanecer inmune a cualquier acción anterior.

Es ahora el Tribunal Supremo del Reino de España el que parece hacerse bola ante la cuestión de la independencia catalana. Redondo. Liso. Duro. Inalterable. Prietas las filas. Me dicen que el Supremo ha adoptado su sitio en la historia. Me dicen que no habrá fisuras ni divergencias. Me dicen que ni siquiera las diferencias de familia ideológica entre sus miembros alterarán este futuro oniscídeo de nuestro alto tribunal. No es la primera vez que éste se muestra coráceo. Las idas y venidas en el Foro sobre lo que ocurre en el foro ya nos mostraron una actitud similar cuando el affaire Garzón. Con cena o sin cena, el Supremo había decidido que no había juez de instancia que se pudiera creer por encima del bien y del mal así que lo de Garzón estaba hecho. Por una o por las tres causas abiertas. Garzón iba a dejar de ser juez. Eso decían.

Me dicen que la defensa de la integridad de la patria es argamasa mayor. Que los magistrados más progresistas del tribunal hace tiempo que comprendieron que la izquierda no puede abrazar la causa de un independentismo que no comparte los valores de la izquierda. Me dicen los que les conocen y los que fueron sus pares. Me dicen que la suerte está echada y que el Supremo no vacilará. Me cuentan que si los políticos no han sido capaces de defender los principios del Estado, ellos van a demostrarles que lo harán. Me dicen que eso es suficientemente importante como para avanzar en un sembrado de minas jurídicas. Minas que, a fin de cuentas, sólo pueden desactivar ellos mismos.

Podría ser una explicación de por qué el Tribunal Supremo está tomando decisiones que invaden claramente el ámbito de otros poderes. Un auto que invade la sagrada autonomía parlamentaria. Un auto que reconoce que sólo a la Mesa del Parlament le compete “establecer los criterios generales para delimitar los supuestos que permiten la delegación (art 93.2)” pero que seguidamente la invalida y los establece porque, dice, “compete a este instructor resolver el concreto conflicto de intereses constitucionales” y a reglón seguido invalida esta competencia exclusiva del Parlament por la vía de hecho.  Por esos motivos o por otros, el Tribunal Supremo está interfiriendo directamente en la vida política. Los argumentos pueden ser de una deliciosa factura circunlocutoria pero el hecho cierto es que sus decisiones “preventivas” van a tener un efecto directo en la política y en los resultados de las urnas.

Afirman muchas voces palmeras de sus actos que no puede afirmarse que su actuación marche al dictado del Gobierno, ni siquiera que lo pluga. Y llevan toda la razón porque la razón de Estado no está ligada a un gobierno y porque en este caso, según me dicen, la fractura interna del Partido Popular constituye también un elemento indisociable del resultado. Me dicen que en este asunto están los exoesqueléticos, los duros, los pétreos, los Cospedal, los Aznar, los Marchena que consideran que la inanidad de la vía no emprendida por  Rajoy y Soraya está llevando al país al abismo. Me dicen que ya puede enredarse Moncloa en esa vía pro Junqueras y contra Puigdemont porque para muchos eso ya no es cuestión. Me dicen.

Me dicen otros que es terrible la tesitura en la que el Tribunal Supremo está situando por este bien supuestamente superior a la esencia del Estado de Derecho, a sabiendas de que son los guardianes y de que hay nulas posibilidades de que les sean pedidas cuentas. Reman además a favor de corriente de opinión pública. No es la primera vez. Parte de la llamada lucha judicial contra ETA ya abrió esta grieta. A favor de la mayoría. Nunca hubo respuesta. Me dicen unos que sería necesario comenzar a mover los mecanismos para hacer al Tribunal Supremo enfrentarse a sus contradicciones y a sus líneas rojas. Me hablan de acciones y de la Sala del 61. Me dicen otros que nada de esto es ya posible, que la conjura por la unidad de España es ya más fuerte que nada. Me dicen que hay que explorar vías inesperadas y que no imaginan. Me dicen que es importante creer en que hay otros lugares ante los que sería difícil mantener el tipo.

Me dicen algunos que aún se apuntan cosas más graves en el último auto dictado. Un auto en el que se reconoce que el reglamento de la cámara catalana sólo contempla como causa de suspensión del derecho la sentencia firme y el auto firme de procesamiento, cosa que dista mucho de la situación procesal de instrucción actual, pero que avanza que existen otros supuestos que permiten la suspensión temporal del ejercicio de las funciones parlamentarias como que “firme el auto de procesamiento y decretada la prisión provisional por delito cometido pro persona integrada o relacionada con bandas armadas o individuos terroristas o rebeldes….quedará inmediatamente suspendido del mismo”. Me dicen que algunos temen que se haya previsto considerarlos como tales e incluso llegar a la Sala del 61 para ilegalizar a algunas formaciones.

Me dicen que quedan pocas voces dispuestas a manifestarse públicamente contra lo que muchos consideran una extralimitación impune de las funciones de una Corte Suprema. Y no me lo dicen porque sean independentistas. Me lo dicen porque son amantes de la separación de poderes y de la democracia.

Me lo dicen porque un periodista es un tumba constitucional y otros, otros son sepulcros blanqueados.

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