La cuestión catalana está inmersa en los debates del PSOE de manera muy intensa. La propuesta de una España plurinacional que sirvió en parte a Pedro Sánchez para vencer a Susana Díaz en las primarias en mayo del año pasado ha quedado aparcada. Pasaron los meses y octubre arrancó con las funestas imágenes de la actuación policial del 1-O. El PSOE, que ya se había mostrado reacio a la aplicación del artículo 155, presentó una moción de reprobación a la vicepresidenta del Gobierno por aquellos hechos. Y llegó la decisiva intervención del Rey. El discurso de Felipe VI marcó un punto de inflexión en la política española: pocos días después el grupo socialista decidió retirar la moción contra Sáenz de Santamaría. A partir de entonces el PSOE modula su postura para acercarse -no sin cautela- a las tesis del Gobierno y Sánchez pasa a modo de ‘navegación submarina’, permaneciendo fuera de foco hasta fechas recientes.

Tras las fiestas de Navidad, Sánchez ha reaparecido retomando el hilo de mayo: la competición con Podemos por la hegemonía de la izquierda con propuestas sobre pensiones e impuestos a la banca. Con la orientación táctica clara, surge la cuestión de la gravitas romana: ¿Es capaz el PSOE actual de transmitir profundidad?

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