En la columna recientemente publicada bajo el título Poliamor: ¿amor libre o neoliberal?, el señor Martínez García explica que la amplia serie de comportamientos y principios hoy llamados comúnmente poliamor son una manifestación más del neoliberalismo. Para sustentar tal caracterización, el autor caricaturiza al poliamor, acusándolo exactamente de aquello que los que lo practicamos tratamos de evitar a toda costa: la instrumentalización hedonista del compañero a través de acuerdos del tipo “ahora estamos juntos”, así como la patologización del sufrimiento relacionado con el amor.

Empecemos por este último punto relativo a la patologización y su tratamiento especializado. Afirma Martínez García que “Las externalidades negativas del poliamor, como celos e inseguridades, se trabajan en talleres especializados, en un negocio que crece en torno a esta nueva forma de entender la vida afectiva y sexual”. El autor cae en el conveniente (para él) desliz de no reparar en que los servicios terapéuticos, los libros y los life coaches aparecieron precisamente para ayudar a la gente a sacar matrimonios monógamos adelante. Cuando se habla de personas celosas dentro de un marco conceptual monógamo y patriarcal, las cuales no pocas veces ejercen distintos tipos de violencia debido a tales celos, se suelen proponer dos explicaciones. Bien los celos son naturales y esenciales dentro del amor  monógamo, bien a la persona le falta una tuerca y necesita ayuda especializada. No se suele criticar, sin embargo, el modelo de la pareja monógama que Martínez García tiene la audacia de poner dentro de la categoría de economía colaborativa. Los que practicamos el poliamor proponemos precisamente que los celos se traten, entre las personas que se quieren, como un sentimiento natural, que requiere atención, paciencia, autocontrol y el perfeccionamiento del propio carácter. ¿Cuántas veces ha tenido que escuchar la gente que no entramos dentro del molde de la pareja monógama que tenemos que ir al psicólogo porque supuestamente tenemos problemas de apego o de adicción al sexo? Decir que el poliamor está proponiendo un enfoque patologizante y experto en el ámbito emocional es simplemente falso y contraproducente.

También escribe el señor Martínez García que en el poliamor no interesa la persona completa: “El otro no me interesa como una persona integral, como en el amor libre, sino solo aquello que pueda poner en un contrato”. Esta afirmación es, si cabe, más fácil de contradecir. Es al amor monógamo al que solo interesa una parte concreta de la persona: la parte que no quiere compartir su intimidad y goce sexual con nadie más. La parte de la persona que sí quiere salirse del guión debe ser bien reprimida, bien ignorada como si no existiera. El poliamor es amor libre precisamente porque se acepta que existe aquella parte de la persona que a veces pueda producirnos inseguridad. Quienes practican el amor monógamo no pocas veces manipulan y amenazan con abandonar a su pareja cuando se manifiesta esa parte no deseada de la persona que, en tanto que amada, debe ser poseída cual propiedad. Cuando es la propia faceta no monógama la que se manifiesta, uno engaña para no ser descubierto. A veces, hasta teje historietas patologizantes del tipo “he tenido relaciones con una persona externa a mi acuerdo bilateral porque tengo ciertas carencias”.

Me dirán algunos que lo que acabo de describir no es amor monógamo de verdad, sino comportamientos de malas personas que simplemente dicen amar a alguien. Mi respuesta es que no se trata solo de buenas y malas personas, sino de un modelo y una serie de principios que posibilitan y legitimizan tales comportamientos. El amor monógamo no se parece en nada a la economía colaborativa. Más bien se trata de acumulación primitiva. Si no, que le pregunten a quienes han sufrido violencia simbólica, verbal y, especialmente en el caso de las mujeres, física dentro de la pareja monógama. Que les pregunten a quienes han visto su vida venirse abajo porque un día alguien tuvo relaciones sexuales con quien no debió. Que les pregunten a quienes se lo han tenido que pensar dos veces antes de irse solos de vacaciones, llegar a casa más tarde de la cuenta, o apagar el móvil unas horas para que el mundo les deje en paz.

Si el señor Martínez García quería escribir sobre el problema real de la mercantilización neoliberal de las relaciones humanas, podría haberlo hecho sin caricaturizar el poliamor. Otros tipos de afectos, como el amor monógamo, la amistad, la solidaridad entre vecinos, e incluso los lazos familiares se encuentran hoy debilitados ante el embate de un capitalismo cada vez más crudo y desarticulador. Como si fuéramos emprendedores emocionales, hoy evaluamos nuestros vínculos personales en términos de costes y beneficios, en términos de “relaciones que aportan” y “relaciones tóxicas”. Multitud de libros y expertos nos dicen que nuestras relaciones con los demás están bien, pero que no debemos ser demasiado dependientes. Dicho de otra manera: debemos siempre ser un sujeto capitalista completo. Las consecuencias las conocemos perfectamente. Por nombrar algunas: Ancianos que se encuentran solos, hijos insuficientemente atendidos, y amistades frágiles que sirven para poco más que “socializar” en el mercado del ocio. Lo que el capitalismo le está haciendo a nuestras relaciones es un problema real, por supuesto, pero no hacía falta atacar al poliamor para hablar de ello.

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