El niño Antonio estaba llorando por sus impuestos cuando tú veías el debate

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Una célebre viñeta de Gallego & Rey dibujaba a Alfonso Guerra antes y después del debate en el Congreso en el que tuvo que dar cuentas sobre los negocios oscuros de su hermano Juan en Sevilla. En la primera imagen, subía por la escalera desnudo y tapándose las vergüenzas. En la última, salía vestido con varios abrigos, pantalones y sombreros que se supone que había robado a los adversarios que tenían previsto dejarle en cueros en el debate con sus críticas.

Pedro Sánchez no entró desnudo al debate de la noche del martes en TVE, pero a la salida llevaba encima algunas de las prendas de Pablo Casado. El líder del PP necesitaba desesperadamente sacar algo en limpio de la primera de las dos citas, al menos si hay que creer a las encuestas, que vaticinan un hundimiento histórico de su partido. Sorprendentemente, el estilo agresivo que le ha caracterizado en la campaña se quedó a las puertas del plató. Sería exagerado decir que estuvo intimidado por la ocasión. Es indudable que circuló con el freno de mano puesto, y así no se puede ir muy rápido si te persigue Santiago Abascal.

Quien asumió el papel de muchedumbre con la antorcha en la mano fue Albert Rivera. Se montó su propia teletienda sacando del atril fotos y gráficos como si estuviera vendiendo material en un rastrillo. A los de Ciudadanos les encanta el merchandising en los debates. En un debate en el Parlament, y para amenazar a Quim Torra con una nueva aplicación del artículo 155, Inés Arrimadas mostró una hoja de papel en la que sólo aparecían las cifras 155. Demasiado sobrio para Rivera. Hasta sacó una foto –¡con marco y todo!– de la reunión de Sánchez y Torra y la dejó en el atril. 

Gloria Swanson estuvo más comedida en su interpretación de ‘El crepúsculo de los dioses’ que Albert Rivera. Pero, claro, Swanson no necesitaba encandilar a los votantes de Vox, sino a los de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. 

Un debate requiere agresividad y empuje. Rivera estuvo en el campo de batalla en el que se está dilucidando la triple pelea de la derecha. Casado y Rivera no querían hablar del quinto elemento no presente en la confrontación televisiva, pero saben que necesitarán sus votos si tienen alguna posibilidad de acabar con el Gobierno de Sánchez. El líder de Ciudadanos hizo todo lo posible para atraerse a los partidarios de Vox con sus constantes referencias al desafío independentista de Catalunya y las acusaciones reiteradas a Sánchez de haber decidido ya el indulto a los políticos catalanes que están siendo juzgados en el Tribunal Supremo.

El niño millonario de diez años

Tan acelerado iba Rivera que ofreció el momento más lacrimógeno del duelo citando el caso de un niño de diez años –si existe, se llama Antonio– que debe de estar agobiado porque tiene que pagar el impuesto de sucesiones. Los demás se quedaron un tanto circunspectos y sin saber cómo salir. ¿Hay niños millonarios en España con un patrimonio superior a los 800.000 euros? Si los hay, también sufren como el resto de los españoles, según Rivera, y se merecen su minuto de gloria en la televisión.

Pedro Sánchez fue lo bastante hábil como para responder con claridad a algunas imputaciones de Casado y Rivera, y dejar sin responder las interpelaciones de Pablo Iglesias. Al principio, parecía demasiado relajado, como suele ocurrirle en el Congreso, pero tuvo su momento para intentar poner en evidencia a Casado con la violencia machista como argumento: «Dígales a sus amigos de la extrema derecha que las mujeres no son un taxi», en relación al derecho al aborto. Justo antes, la acusación se había dirigido directamente al Partido Popular: «Debería recordarles a sus candidatos y candidatas que cuando una mujer no dice sí, es no. Que hay ocasiones en las que no pueden decir que no. Ahí tenemos los casos de las manadas».

Casado se quedó sorprendentemente callado. Se limitó a encajar el golpe. No podía hacer chistes o referencias sarcásticas al consentimiento en las relaciones sexuales como había hecho Cayetana Álvarez de Toledo en otro debate. Habría sido aun peor. Luego dijo que estaba «orgulloso» de que su partido hubiera conseguido que se aprobara una ley contra la violencia de género. Eso no habrá gustado a los aliados potenciales de Vox.

Iglesias como socio de Sánchez

Sánchez ni se molestó en responder a la pregunta directa de Iglesias sobre un posible pacto del PSOE con Ciudadanos. El líder de Podemos defendió con contundencia los acuerdos con el PSOE tras la moción de censura. Se vio limitado al papel de socio de Sánchez y sólo pudo presumir de que las medidas sociales obtenidas no se habrían producido sin el apoyo de Podemos.

Como lo ha sido en la campaña, fue un Iglesias moderado, tanto que citó varios artículos de la Constitución para denunciar que no se están cumpliendo. Si Iglesias fue alguna vez antisistema, ahora va a los debates armado con la Carta Magna, el mejor producto de lo que antes se llamaba en Podemos «el régimen del 78». «No hace falta una gran revolución», dijo. Si se cumple la Constitución, todo puede ser distinto.

Iglesias debió de contar hasta diez o más cuando escuchó a Sánchez alardear de una larga lista de logros y rematar diciendo: «Todo esto lo hemos hecho en diez meses y con 84 diputados». Sólo le faltó decir: imagínense lo que puedo hacer si me dan 130. Debió de darse cuenta de que se estaba pasando de eufórico, porque acto seguido dio las gracias a Podemos por el apoyo recibido en el Congreso.

Fue un debate bastante civilizado –el moderador se empeñó en que se sacudieran y no hubo manera– y es probable que el del martes no lo sea tanto. Sánchez no lo tendrá tan fácil. Iglesias tendrá que ser más duro. Casado sabrá que es su última oportunidad para frenar la hemorragia que sufre con destino a Vox. Es poco probable que Rivera pueda superar las alturas retóricas alcanzadas este lunes –»me duele España», dijo disfrazado de Unamuno–, pero las grandes divas como Gloria Swanson dejaron claro hace tiempo que siempre se puede llegar más lejos.



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