Los ocho prototipos para el diseño de una gigantesca muralla fronteriza que Donald Trump visitó en San Diego constituyen una “exposición de land art (arte de la tierra) de valor significativo cultural”. Las barreras de nueve metros de altura hechas de hormigón y acero en diversos tonos y colores, desde gris a marrón y azul marino, “deben ser protegidas, aunque no se construya el muro, como un recuerdo de que semejante idea, en algún momento, fuese considerada políticamente viable”. Es la propuesta, tal vez satírica, del artista suizo-islandés Christopher Büchel, residente en San Diego.

Büchel , un maestro de la provocación que causó pánico en la Bienal de Venecia del 2015 al instalar una mezquita dentro de la iglesia de Santa Maria della Misericordia, encabeza una campaña de recogida de firmas en favor de proteger las barreras bajo la ley de antigüedades de 1906 . Ofrece guías de turismo de arte para poder contemplar los prototipos desde el lado mexicano de la frontera, ya que acercarse por el lado estadounidense está prohibido. “Es un orgullo presentar la exposición Land art: prototypes”, ironiza su galería online MAGA (acrónimo del eslogan de Trump: “Make America great again”).

Büchel es un maestro de la provocación que causó pánico en la Bienal de Venecia del 2015

Siguiendo las coordenadas de GPS proporcionados por MAGA el mes pasado, nos adentramos en una barriada de infraviviendas en Tijuana hechas de madera contrachapada, residuos de plástico y aluminio corrugado, en una zona desalmada cerca de un estacionamiento de camiones. “Nos gustaría poner sombrillas para los turistas”, dijo una vecina que preparaba tacos de patatas delante de su chabola, a escasos metros de los prototipos, al otro lado de la frontera.

Desde el mirador mexicano, es fácil entender el humor de la irónica propuesta de Büchel. El minimalismo de los prototipos recuerda las vanguardias neoyorquinas de Carl Andre o Donald Judd, cuyas esculturas en Marfa (Texas) iniciaron el movimiento del Land Art a finales de los setenta. Eso sí, los gruesos barrotes cuadrados de acero en la parte inferior de dos de los prototipos evocan más el brutalismo arquitectónico de los años cincuenta.

Los gruesos barrotes cuadrados de acero en la parte inferior de dos de los prototipos evocan más el brutalismo arquitectónico de los años cincuenta

Las referencias artísticas se volvieron más postmodernas el mes pasado, cuando un equipo de técnicos militares procedentes de Florida se puso a atacar las ocho barreras con sierras eléctricas y martillos de presión al estilo de una performance de la Fura dels Baus. Fue la prueba necesaria para la selección, el mes próximo, del prototipo ganador. Además de exigir que los prototipos sean resistentes a “golpes de almádena, zapapico, cincel, y herramientas eléctricas de impacto”, las condiciones del concurso incluyen el requisito de que sean “estéticamente placenteros de ver”. Cada barrera supuso un gasto de entre 300.000 y 500.000 dólares, costeado por empresas constructoras y de seguridad con sede en Texas, Arizona y Tel Aviv.

En la comunidad de arte, diseño y arquitectura, la parodia ha resultado la única forma de responder a la polémica propuesta del presidente de construir un muro “grande y bello” a lo largo de 1500 kilómetros de frontera. En un nuevo libro, Borderwall as architecture (University of California Press), que se presentará al público el mes próximo, el arquitecto y profesor de la Universidad de Berkeley Ronald Rael expone diseños irónicos como el “muro burrito”, que incorpora un restaurante de comida rápida mexicana accesible desde ambos lados, o el “muro xilófono” cuyos barrotes de acero sirven como teclas de percusión “para hacer conciertos de música binacional”. Esta última idea se convirtió en realidad en enero, cuando el celebre percusionista Steven Schick, en colaboración con la Orquesta Sinfónica de San Diego, interpretó la obra Inuksuit de John Luther Adams, en la que participaron percusionistas en ambos lados de la frontera de Tijuana/San Diego.

Aunque las ideas en el libro de Rael son satíricas, no resultan más extrañas que algunas propuestas nada irónicas recibidas en el concurso oficial. Clayton Industries, por ejemplo, una empresa con sede en Pensilvania que se autocalifica como “especializada en tecnologías para la industria aeronáutica y robótica”, propuso un muro que serviría también como un vertedero de residuos nucleares. Crisis Resolution Services, de Illinois, por su parte, propuso un muro de estética “retro”, con parapetos, torres y almenas al estilo de la muralla de Ávila. Según el consejero delegado, no solo permitiría “defender la cultura, la lengua y el patri­monio estadounidense frente a todos los extranjeros” sino que también “atraería a tantos turistas como el monumento a Lincoln en Washington”.

Si la realidad supera el arte en las creaciones inspiradas por el muro, a veces es difícil saber si las propuestas del mundo de arte contemporáneo van en serio o no. Este mes, por ejemplo, se ha estrenado una nueva exposición en el Museo de Arte y Diseño de Nueva York titulado La frontera. Encounters along the border, que, según el comunicado del importante museo, analiza “el entorno de la frontera dentro de contextos geográficos, ecológicos, políticos económicos, sociales, culturales e ideológicos”. Se trata de una exposición de joyería.

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