La principal virtud de Artur Mas es la tenacidad y su principal defecto es la tozudez. Su carrera política ha estado marcada por la tensión entre estos dos atributos, y porque no le gusta perder. Ayer advirtió que su adiós no es definitivo y que hará política “de otra manera”. Hermético y frío, gana en la distancia corta, pero nunca acaba de abrirse. Su actitud cartesiana ante los problemas no lo ha salvado de su tendencia al tacticismo exacerbado, tal vez lo que le ha proporcionado más victorias pero también más disgustos. Le cuesta mucho tirar la toalla y puede ser imaginativo cuando se trata de encontrar salidas a un panorama aparentemente bloqueado.

Desde que empezó el proceso soberanista, demostró que siempre tenía un conejo para sacar de la chistera, como hacen los magos clásicos. Su último conejo –ayer se cumplían dos años del primer paso al lado– fue Carles Puigdemont, cuando la CUP lo obligó a irse para salvar la legislatura. Antes, en la redacción de la complicada pregunta de la consulta del 9-N, había demostrado una extraña habilidad para proponer un texto que no gustaba a nadie pero que todo el mundo podía hacer suyo.

Jordi Pujol le prefirió a Duran Lleida porque le veía más dócil, previsible y alineado con sus posiciones

Nada hacía prever que Mas sería el hombre que llevaría Convergència Democràtica del autonomismo al independentismo. Sin una juventud vinculada al activismo político, aterrizó en la administración autonómica con el título de licenciado en Económicas y fue subiendo peldaños, con un perfil técnico. También se dedicó al sector privado, cuando trabajó en el Grupo Tipel, vinculado a la familia Prenafeta. Su nombre empezó a sonar cuando saltó a la política municipal barcelonesa. Pujol se fijó en aquel tipo ordenado, lo incluyó en las listas al Parlament y, después, lo nombró conseller de Política Territorial. Dos años más tarde, asumió Economia i Finances, cargo desde el cual fue proyectando un protagonismo mediático que tenía que ver con la lucha sucesoria dentro del pujolismo. Mas contó con el apoyo de Oriol Pujol Ferrusola y de los jóvenes que se movían a su alrededor, uno de los cuales era David Madí, que después se convirtió en su principal estratega y hombre de confianza.

Pujol le prefirió a Duran Lleida. Le veía más dócil, previsible y alineado con sus posiciones. Visto desde el presente, es obvio que Mas rompió con el pujolismo, quizás el democristiano no lo habría hecho. Su nombramiento como conseller en cap era la manera de dotarlo de una plataforma especial como presidenciable. El hombre que el ­programa televisivo Polònia había caricaturizado como un robot tenía que hacerse próximo a la gente ­para ganar las elecciones contra Pasqual Maragall. La creación del tripartito, en el 2003, obligó Mas a hacer una dura travesía del desierto y a reinventarse. El año 2010, llegó a la presidencia de la Generalitat, con voluntad de aplicar un Estatut que se había cargado el TC y aplicando unos recortes que argumentaba con más convencimiento que nadie.

La desconexión creciente de la idea de España de sectores moderados y la crisis económica crearon la tormenta perfecta, y Mas, que en el 2007 había abrazado el derecho a decidir, se convirtió al soberanismo sin renunciar a la ambigüedad. Los resultados de las elecciones del 2012, después de una campaña personalista que generó más anticuerpos que apoyos, fueron un duro aviso. Mas quiso liderar una revuelta noucentista con muchas tensiones en la retaguardia, y lo ha pagado caro. Pasados los comicios del 2015, su magia se acabó. Apoyó las decisiones de Puigdemont pero, a la hora de la verdad, le recomendó evitar la DUI y convocar elecciones, un consejo que el de Girona no siguió.

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