El Consejero de Bienestar Social de Melilla se ha metido tanto en su propio papel que se ha olvidado de que, en su caso, lo políticamente correcto es una obligación moral e institucional. Es cierto que no es el único representante público que dice lo primero que se le pasa por la cabeza, pero esto no es excusa para que si la incontinencia verbal ofende e injuria, haya un reproche social además de las pertinentes consecuencias políticas.

Quienes conocemos a Daniel Ventura sabemos que no le gustan ni las críticas ni los críticos. Realizar observaciones a su gestión, a sus declaraciones o a los servicios públicos que dependen de él es garantía no solo de que te bloquee en sus redes sociales, sino de que te amenace con alguna denuncia, desprestigie tu labor, siembre dudas sobre tu persona y, por supuesto, confronte tus intereses a los de la ciudad.  Tiene la capacidad de  criminaliza en un abrir y cerrar de tweet.

Asociaciones, investigadores, ONG, periodistas, activistas, abogados, etc. hemos padecido, de distinta manera, sus abruptos y amenazas públicas, pero hay dos organizaciones, las más independientes y valientes, que vienen siendo diana constante de sus dardos envenenados: Harraga y Prodein. Un hostigamiento en toda regla, especialmente hacia José Palazón (de Prodein), en el que no escatima palabras y que lejos de poner contra las cuerdas a quienes forman parte de ellas, hace que cada día cuenten con más respeto y apoyo fuera y dentro de nuestras fronteras. 

¿Qué hacen estas organizaciones para irritar tanto al Consejero? Estar al lado de los chavales más vulnerables de la ciudad de Melilla, los denominados menores extranjeros no acompañados. Un segmento de la población que ronda entre los 6 y 17 años de edad y que, como contamos en el informe “Rechazo y Abandono”, se encuentran en situación riesgo extremo precisamente por la desidia del sistema de protección de Melilla del que es responsable Daniel Ventura. (Como apunte, señalar que dicho informe -uno más de los muchos que se vienen haciendo desde distintos ámbitos- lejos de movilizar al Consejero a investigar y abordar la situación, le causó decepción y sorpresa por las informaciones que vertía, muchas de las cuáles fueron facilitadas por él mismo).

En menos de dos semanas han fallecido dos chicos que estaban acogidos por la Consejería de Bienestar Social. Uno,  Mamadou, murió en el hospital después de estar 20 días en coma tras las sospechas de haber recibido una paliza en el centro de reforma ‘Baluarte’; el otro, Soufian, en el centro de protección de ‘La Gota de Leche’ donde ingresó al recibir el alta hospitalaria tras amputársele una pierna. Al primero, el Consejero ignoró hasta que falleció y se empezó a especular con la posibilidad de que el desenlace hubiera sido fruto de un hecho violento dentro del centro. Sobre el segundo, y ante la presión pública, ha dado su peor versión de sí mismo.

Con una falta total de tacto, sensibilidad e información,  ha tachado al chaval de vago, maleante y drogadicto como si siguiera vigente la ley franquista que tanto juego dio a quienes les gustaba clasificar, estigmatizar y maltratar a los de siempre: a los pobres, a los extranjeros, a los homosexuales,… a ‘Los Nadie’. Quienes conocieron al chico dicen que esas palabras no corresponden en absoluto a ese perfil: Soufian quería estudiar y conseguir la residencia.  Quería hacerlo por él, para labrarse un futuro, pero también por su madre y para que sus dos hermanos pequeños corrieran mejor suerte”. A estas afirmaciones hay que añadir el tono empleado y la negativa a contactar, recibir y atender a la familia de Soufian: No voy a recibir a los padres del fallecido  porque para que vengan a llevarse un cadáver que hubieran venido antes a por su hijo”. Sobran los comentarios.

Al desprecio y la mofa, se suma la indiferencia con la que se está tratando a las familias de ambos chicos, quienes a estas alturas  no han podido ver ni reconocer el cadáver de Soufian y Mamadou. Una negativa fruto de un sinfín de trabas burocráticas y desplantes. Ese es el único ‘consuelo’ que están recibiendo por parte del organismo que más cerca se supone que está de las necesidades de la gente. La indiferencia también es violencia, decía Gandhi.

Nada justifica este comportamiento más que  la violencia institucional racista que existe en la ciudad de Melilla hacia las personas que son extranjeras o lo aparentan, también hacia los niños y adolescentes. 

Siempre he pensado, en parte porque así lo he sentido cuando me ha tocado a mí, que la agresividad de las declaraciones de Daniel Ventura buscan intimidar y disuadir a quienes quieren indagar sobre lo que está pasando en Melilla con los chavales tutelados que duermen en sus calles y en sus centros, tal y como alertan hasta varios eurodiputados. Sin embargo, no deja de ser curioso que lejos de amedrantar, el Consejero de Bienestar Social lo que está consiguiendo es atraer cada vez más atención sobre él y su controvertida gestión. El propio Defensor del Pueblo ha anunciado que abre una investigación de oficio por la muerte de estos dos chavales. La diferencia, esta vez, a otras investigaciones abiertas por palizas, abusos sexuales, uso de los chavales como mulas de droga, desapariciones, accidentes mortales en las escolleras…, es que ha sido el propio Consejero quien ha logrado, con sus palabras hacia los chavales fallecidos, sus familias y quienes generosamente defienden a los más vulnerables, que en la península se sepa lo que le importan los niños que están bajo su tutela. Es algo así como si vivos o muertos los quisiera fuera de su ciudad, como si esa fuera su única responsabilidad: que, sea como sea, desaparezcan.

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