Arrigo Sacchi encontró una forma genial para definir la carrera de Zlatan Ibrahimovic, que ahora marca sus últimos golazos en Los Angeles, incapaz de levantar una Champions en Europa. “Es fuerte con los débiles y débil con los fuertes”, sentenció el extécnico italiano. Una etiqueta que le encaja como anillo al dedo también al Barcelona de los últimos tiempos, zarandeado cada vez que visita un campo de postín en la Liga de Campeones.

La debacle en el Olímpico de Roma no es la primera sino que hace tiempo que los desplazamientos para jugar ante rivales potentes se han convertido en un suplicio. De hecho, se puede trazar una ruta por los estadios en los que los blaugrana no han dado la talla. El Barça no ganó en sus últimas visitas a Old Trafford, al Olympique de Lyon, a San Siro, tanto frente al Inter como ante el Milan, al Atlético, al Allianz Arena de Munich, al Etihad Stadium de Manchester, al Parque de los Príncipes, al Juventus Stadium, a Stamford Bridge y al Roma. Allí, o derrotas o como máximo un empate.

Recitar la lista negra de carrerilla impresiona. Algunos campos en los que los barcelonistas salieron escaldados, como el Calderón y Gerland, ya ni se utilizan. Además recientemente también perdieron en el Amsterdam Arena (con Martino en el 2013) y en Celtic Park (con Vilanova en el 2012), recintos que sí lograron conquistar después.

En cambio, de los grandes escenarios sólo salió airoso del campo del Arsenal (0-2 en el 2016) y, curiosamente, del Bernabeu, en aquella semifinal del 2011 con Guardiola (0-2). Los cuatro goles en ambas ocasiones los marcó Leo Messi.

Eso sí, a muchos de ellos el Barcelona sí que les ha ganado e incluso goleado en el Camp Nou, con grandes exhibiciones que han servido para dejarlos eliminados, como el 6-1 al PSG, el 4-0 al Milan, el 3-0 al Bayern y el Juventus. A la Vecchia Signora y al United, además, les derrotó en finales en campo neutral.

Sin duda, el Barça ha dejado de infundir miedo, ese terror escénico tan propio de los grandes. Es verdad que ya nadie gana con el escudo, pero la Champions League sigue siendo una competición donde el abolengo aún tiene voz y voto. Allí hay veces que la tradición pesa. En las eliminatorias más que el momento de forma de tal o cual equipo influye lo acostumbrado que se está a esas noches mágicas. Hay equipos que se crecen cuando suenan los compases del himno de Zadok, the Priest y otros que empequeñecen. La realidad es que el fútbol se ha democratizado –con casos como el Leicester o el Villarreal– pero en la Copa de Europa sigue habiendo clases.

Favoritos al inicio de la Champions, en septiembre, hay muchos pero los miembros de la nobleza futbolística se pueden contar con los dedos de una mano. Nuevos ricos como el PSG, el City o el Chelsea no se han ganado aún entrar en el selecto club pese a sus multimillonarias inversiones. La aristocracia, la crème de la crème, la forman el Real Madrid, el Bayern, el Liverpool y el Juventus, equipos que imponen respeto sólo con nombrarlos. No es casual que entre los cuatro sumen 24 títulos y otras 17 finales.

Junto a ellos estaba el Barcelona, campeón en cinco ocasiones y que no pierde una final desde 1994, pero que ha bajado un escalón, afectado por una especie de síndrome de Gulliver. Como en los viajes del personaje creado por Jonathan Swift, el Barça cuando juega en el Camp Nou ve a sus rivales diminutos como habitantes de Liliput mientras que para él se transforman en gigantes de Brobdingnag del tamaño de un campanario cuando le toca visitarlos.

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