El reconocido diccionario estadounidense Merrian-Webster ha declarado “feminismo” como palabra del año, tras haber recibido un 70% más de consultas en su edición online que en años anteriores. Es una noticia excelente, si bien ha hecho falta un siglo y medio de lucha feminista para que esto haya llegado a suceder. Por su parte, el diccionario de la Real Academia Española acaba de incluir entre sus nuevas entradas la palabra “especismo”. Otra noticia excelente, si bien nos lleva a deducir que hará falta, al menos, otro siglo para que la discriminación por especie a la que hace referencia llegue a ser superada a través de la lucha antiespecista. El ritmo de los diccionarios es tan lento como el de la historia mejor.

Para que “feminista” sea la palabra del año han hecho falta varias generaciones de mujeres que defendieran las distintas olas del feminismo, desde aquellas sufragistas del XIX que se organizaron y salieron a las calles, a costa de casi todo (la familia, el prestigio social, la libertad), para reclamar su derecho al voto. Para que “feminista” sea la palabra del año han hecho falta muchos estudios, muchos libros, muchos artículos, muchas estadísticas, muchas reuniones, muchas asambleas, muchas votaciones, muchas manifestaciones, muchas concentraciones, muchas marchas, muchas acciones. Muchas mujeres en lucha. Para que “feminista” sea la palabra del año han hecho falta muchas mujeres despreciadas, muchas mujeres ridiculizadas, muchas mujeres silenciadas, muchas mujeres ninguneadas, muchas mujeres acosadas, muchas mujeres abusadas, muchas mujeres oprimidas, muchas mujeres explotadas, muchas mujeres perseguidas, muchas mujeres golpeadas, muchas mujeres arrastradas, muchas mujeres encarceladas, muchas mujeres asesinadas. Muchos años, siglos, de discriminación.

Siglos de discriminación especista, años de lucha antiespecista, han hecho falta para que esta palabra haya sido incluida como nueva entrada en el diccionario de la Real Academia Española. Incontables individuos de otras especies oprimidos, explotados, despreciados, cautivos, asesinados, mercantilizados. Convenientemente desmembrados, aderezados, camuflados para ser servidos a la mesa del heteropatriarcado (palabra, por cierto, que aún no ha recogido la RAE). Hoy ya sabemos de esa injusticia y del infinito sufrimiento que comporta. “No podemos alegar ignorancia, solo indiferencia”, escribe Jonathan Safran Foer. “Los que vivimos hoy sabemos más. Tenemos la oportunidad y la responsabilidad que nos da vivir en un momento en que la crítica hacia las granjas industriales ha llegado a la conciencia pública. Somos aquellos a quienes se nos preguntará, con toda la justicia del mundo: ¿Qué hiciste cuando te enteraste de lo que implica comer animales?”.

El escritor Safran Foer tiene razón: la historia reconocerá la injusta discriminación de los otros animales como hoy reconoce la injusta discriminación de las mujeres. Si hoy el diccionario de la RAE recoge el término especismo significa que la historia se abre paso. Por supuesto, lo hace con lentitud, y siempre será tarde para sus víctimas. Pero hay que celebrar que la institucionalidad reconozca y formule lo que ya sabe la sociedad. Aunque el término especismo fue acuñado en 1970 por el psicólogo, investigador y filósofo británico Richard D. Ryder, la lucha organizada por los derechos de los otros animales comenzó mucho antes, cuando el también británico Lewis Gompertz creó en 1824 en Londres la Society for the Prevention of Cruelty to Animals (hoy RSPCA). No es casualidad que sus miembros fueran reformistas sociales y abolicionistas de la esclavitud humana. Como tampoco lo es que Frances Cobbe, fundadora en 1875 en Londres de la Society for the Abolition of Vivisection, fuera una destacada sufragista y reformista social, o que Caroline White, fundadora en 1883 en Filadelfia de la American Anti-vivisection Society, fuera a su vez sufragista y activista cuáquera, y luchara por la abolición de la esclavitud y la reforma de las prisiones. Si la injusticia es interseccional, ha de serlo la lucha por la justicia.

Queda mucha lucha para que el feminismo pueda dar por cumplidas sus reivindicaciones, y sabemos que queda mucho más para que se vean cumplidas las del antiespecismo. Pero ya sabemos que este es el siglo de esos cambios. A pesar de que tantas personas, algunas eminentes y admiradas, se nieguen a admitirlo, a escuchar la pregunta “¿Qué hiciste cuando te enteraste de lo que implica comer animales?”. Algunas de esas personas han respondido de la manera más burda: “Que nada ni nadie nos quite nuestra manera de disfrutar de la vida”. Es el lema del spot navideño de Campofrío, una empresa de obtiene sus beneficios con la más cruel explotación especista. Ni la directora del spot, Isabel Coixet, ha tenido ese especismo en cuenta, ni quienes con su actuación, y a golpe de talonario, han apoyado a esa marca: Carmen Maura, Risto Mejide (que, sin embargo, pide el voto para PACMA), Dani Mateo, Serrat, Montserrat Domínguez, Baltasar Garzón, Candela Peña, Irene Villa, Ona Carbonell, David Broncano, la Pringada… Todas estas personas han decidido no tener en cuenta, a pesar de conocerlo, el infinito dolor del referente ausente en el anuncio: los miles y miles de cerdos con cuyas vidas se lucra Campofrío, miles y miles de individuos que ni siquiera aparecen ni son mencionados.

Es una lista dura para quienes estamos en la lucha antiespecista: gente importante que toma la decisión de estar en el lado de la más radical discriminación. Pero sabemos que es cuestión de tiempo. Mucho tiempo, seguramente, demasiado para las víctimas, pero imparable. Porque mientras Campofrío nos deja con ese espantoso sabor de boca, el pleno del Congreso de los Diputados ha aprobado por unanimidad empezar a tramitar una proposición de ley de reforma del Código Civil para reconocer a los animales como seres vivos dotados de sensibilidad, en lugar de cosas o bienes muebles. Así lo recogen países como Austria, Alemania y Suiza, tal y como  explicó el ex diputado y coordinador de la APDDA, Chesús Yuste, en El caballo de Nietzche, blog antiespecista de eldiario.es.

Ha sido, pues, el año de dos palabras: feminismo y especismo. Quizá tampoco sea casualidad: “Sexismo y especismo son formas igualmente injustificables de discriminación, y ambos se manifiestan en patrones opresivos de jerarquía y dominación semejantes (…) En lo moralmente relevante (la capacidad de sufrir y disfrutar de sus vidas) animales humanos y no humanos son iguales. Por tanto, la lucha feminista por la igualdad y contra la discriminación es también, necesariamente, antiespecista”, nos dejó también  escrito en El caballo de Nietzsche la filósofa Catia Faria, feminista y antiespecista. Como lo será el siglo.

Feminista y antiespecista como será, cumpliendo con la célebre máxima de Gandhi, el relato futuro de la historia: “Primero te ignoran, después se ríen de ti, después te atacan. Entonces, ganas”.

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