En 1944 un Francisco Franco en la cumbre de su poder escribía a don Juan de Borbón, entonces instalado en Lausana. Con severidad le recordaba algunas cosas: “a) La Monarquía abandonó en 1931 el poder a la República. b) Nosotros nos levantamos contra una situación republicana. c) Nuestro Movimiento no tuvo significación monárquica, sino española y católica, d) Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no era monárquico (…) Por lo tanto, el Régimen no derrocó a la Monarquía ni está obligado a su restablecimiento”. Con ello pretendía llegar a una advertencia, la de que “sólo una absoluta identificación con él y con su Régimen permitiría llegar a la restauración monárquica”, en palabras de Pedro Sainz Rodríguez, influyente consejero del heredero en aquellos años.

Las cartas estaban sobre la mesa. A lo largo de los decenios siguientes el pulso entre Franco y don Juan pasó por varias etapas. La primera réplica vino con el Manifiesto de Lausana de 1945, que aspiraba a beneficiarse de los nuevos aires internacionales que emanaban de la derrota del nazismo. “Sólo la monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto exterior, mediante un efectivo estado de derecho” (…). Quiero recordar a quienes apoyan el actual régimen la inmensa rebeldía en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe”, proclamaba don Juan. Dos años más tarde Franco promulgaba la ley de Sucesión, que le confirmaba como jefe del Estado vitalicio y le otorgaba el poder de designar sucesor. El segundo Manifiesto, lanzado ya desde Estoril, reaccionaba recordando que “la Monarquía hereditaria es, por su propia naturaleza, un elemento básico de estabilidad” y reafirmaba “el supremo principio de legitimidad que encarno”.

La partida fue encarnizada. Don Juan siempre se negó a la “absoluta identificación con Franco y con su régimen” que se le reclamaba. A cambio, a partir de la entrevista con el dictador en el yate Azor en 1948, accedió a que su hijo Juan Carlos se educara en España. El general gallego, por su parte, “siempre consideró al heredero de la línea dinástica su rival principal”, según el historiador Javier Tusell. Al final el peso de la historia se impuso sobre ambos: don Juan aceptó que el restablecimiento de la monarquía pasara por encima del principio hereditario que encarnaba; Franco murió sin saber que ese restablecimiento implicaría el desmontaje del sistema que había creado.

La biografía de don Juan de Borbón, de cuyo fallecimiento se ­cumplen 25 años, reúne elementos propios de una figura de tragedia. El principal fue ver como la corona de España pasaba de su padre a su hijo, sobrevolando trágicamente una república, una guerra y una dictadura, sin que su esfuerzo por asumirla y adecuarla a los tiempos fructificara. Pero hay otros: la muerte de su hijo pequeño Alfonso, el largo distanciamiento con Juan Carlos y ese momento terrible en que ve por la televisión como las Cortes proclaman a su hijo príncipe de España y sucesor a título de Rey en la jefatura del Estado. Tras ese momento, y hasta su abdicación en 1977, hay en puridad dos reyes diferentes para los monárquicos, aunque don Juan recomendaba a quienes iban a verle que ayudaran a Juan Carlos “con todas vuestras fuerzas”.

Hubo tragedia en la vida de don Juan de Borbón, pero también hubo sentido. Superadas las inclinaciones derechistas juveniles, encarnó a partir del primer Manifiesto un simbolismo democrático que preservaría el prestigio de la institución, y enriquecería y ampliaría el panorama del antifranquismo. Tuteló, de nuevo en palabras de Sainz Rodríguez, “un reinado en la sombra”. Ya en democracia actuó con generosidad facilitando la plena legitimidad dinástica. Especialmente vinculado a Catalunya por el título de conde de Barcelona que siempre utilizó, contó con asesores como el historiador Ramon de Abadal, Antonio de Senillosa o el periodista de La Vanguardia Santiago Nadal.

“Ha sido un rey que no ha podido reinar, pero que, con el mantenimiento de los derechos de la dinastía y su sacrificio personal en favor de su hijo y heredero, ha sabido hacer posible la continuidad histórica de la institución monárquica, así como contribuir de manera decisiva a la reinstauración, con ella, de la democracia en España”. Son palabras de Pasqual Maragall en el homenaje que le rindió el Ayuntamiento barcelonés con motivo de su defunción.

Una vida marcada por el exilio

1913. Juan de Borbón nace el 20 de junio, en el palacio de la Granja de San Ildefonso; es el quinto hijo de Alfonso XIII y Victoria Eugenia

1933. Asume el título de príncipe de Asturias

1935. El 12 de octubre se casa en Roma con María de las Mercedes de Borbón y Orleans

1941. En febrero fallece Alfonso XIII. El 14 de enero había abdicado en favor de su hijo y heredero, don Juan, que adopta el título de conde de Barcelona, inherente a la condición de rey de España

1945. Don Juan de Borbón hace público en Lausana un texto (prohibido en España) en el que aboga por una monarquía democrática y constitucional

1946. Con su familia, se instala en Estoril (Portugal). Allí crea su consejo privado

1963. Regresa por unos días a Madrid, rompiendo 32 años de exilio, para el bautizo de su nieta Elena

1968. Vuelve a Madrid para actuar como padrino de su nieto Felipe (el actual Rey)

1977. Cede sus derechos dinásticos en favor de don Juan Carlos. Solicita seguir utilizando el título de conde de Barcelona. Se instala definitivamente en España

1993. Fallece en la clínica Universitaria de Navarra de un cáncer que padecía desde hacía doce años

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