Higinia Balaguer, de profesión sirvienta, murió en Madrid el 19 de junio de 1890. Fuera o no culpable, fue agarrotada por el asesinato de una viuda rica en el 109 de la calle de Fuencarral. Este crimen fue el primero que acaparó las portadas de la prensa en España y fue narrado en múltiples artículos que alternaban los hechos consumados con la especulación y la pura ficción. La cosa se fue tan de madre que incluso se llegó a culpar a la burguesía de la época de aniquilar a una ‘proletaria’ –la sirvienta- para aleccionar a la sociedad y afianzar su posición. Más de un siglo después de la eclosión de la crónica negra, una parte de los medios de comunicación ha considerado necesario explorar las debilidades de la familia de Diana Quer con un único fin: lucrarse de la desgracia ajena, aunque eso haya obligado a saltarse las fronteras de la verdad.

Lo que ha ocurrido durante los últimos 500 días ha vuelto a dejar claro que una parte de la profesión ha perdido el norte y se mueve con una absoluta falta de juicio y decencia. Entre el rigor y la audiencia, ha elegido lo segundo, con el convencimiento de que sus ingresos serán mayores cuanto más público aterrice en su televisión o en su web. Aunque eso obligue a dejar los escrúpulos a un lado y a desarrollar juicios paralelos que, en este caso, han llegado a afectar a la víctima y a sus allegados.

La historia es de sobra conocida a estas alturas. Una joven de 18 años desaparece durante sus vacaciones mientras vuelve a casa, sola y de noche. La noticia llega a las redacciones en agosto, el mes más cruel. Caluroso, vacío e intrascendente. En estas circunstancias, cualquier globo sonda político (léase Gibraltar) o suceso luctuoso es situado en una posición privilegiada en la prensa más carroñera. El 17 de septiembre de 2016, pocos días después de que se perdiera la pista de Diana Quer, un periódico digital señalaba a su hermana: ‘¿Qué es lo que sabe y oculta?’. Lo hacía después de contar con una repugnante meticulosidad la mala relación entre los progenitores de la asesinada.

Resulta lamentable, a todas luces, que el periodismo de víscera y bajo vientre viva una nueva edad dorada. Eso debería hacer reflexionar a los responsables de los medios de comunicación, que pontifican en público sobre la necesidad de atajar el fenómeno de las fake news y reclaman su papel de formadores de una opinión pública responsable, pero, a la vez, cuentan por entregas las miserias de quienes han sufrido una desgracia.

En cuanto los editores huelen la sangre, ponen en marcha el cigoñal mediático y sacan a la superficie a todo tipo de antihéroes y personajes de baja estofa, que se convierten en protagonistas del debate. Hace unas semanas, las televisiones y los periódicos digitales menos decorosos se empeñaban en contar la vida y obra de La Manada -se analizaron incluso los tatuajes de sus miembros- y de su víctima. A esta última, incluso le llegaron a señalar por irse de viaje. Ahora, se afanan en averiguar detalles de la vida personal de ‘El Chicle’ que poco o nada tienen que ver con el crimen que los investigadores le atribuyen. En unas semanas, cuando la historia no dé más de sí, volverán a explorar las cloacas en busca de carnaza.

Se dio rienda suelta al rumor y a la especulación y se sepultó la verdad entre toneladas de morralla sensacionalista”

Una reflexión en los medios

Decía este martes el coronel de la Guardia Civil Manuel Sánchez Corbí que los medios de comunicación deberían reflexionar sobre el tratamiento que han realizado del ‘caso Quer’.  “Hay titulares que hacen daño de por vida a la familia”, afirmaba. Y añadía: “Hubo demasiada información que no se correspondía con la realidad”. En otras palabras, se dio rienda suelta al rumor y a la especulación y se sepultó la verdad entre toneladas de morralla sensacionalista. Hablan los amigos de Diana Quer: solía escaparse, pero siempre volvía, rezaba otro de los titulares.

La prensa y las televisiones no reflexionarán al respecto porque no tienen el más mínimo interés en hacerlo, como tampoco lo hicieron después de descubrir que detrás de la niña Nadia Nerea no había una cruel enfermedad, sino un padre con un desmedido afán por ganar dinero fácil. O después de que Nieves Herrero acudiera a Alcácer para sacar tajada del sufrimiento ajeno o Paco Lobatón dejara una silla vacía en un estudio de televisión por si a (la asesinada) Anabel Segura le daba por aparecer.

Nada cambiará en las empresas periodísticas porque ninguna está dispuesta a renunciar a la batalla de la audiencia. Menos en un momento en el que cada vez existe un mayor número de competidores y una parte de la inversión publicitaria amenaza con volar hacia las nuevas plataformas digitales. Eso explica el resurgir de la crónica negra. Y eso explica la nueva tendencia a exagerar los hechos, tergiversar la realidad y forzar titulares. Todo, por un puñado de ‘clics’ de ratón. Todo, por congregar a la audiencia más vampírica.

Y nunca es de los periodistas, capaces de explorar las fracturas de la familia de una chica desaparecida para tener su minuto de gloria. Así le va al sector”

Mientras estas malas prácticas se extienden y restan (aún más) credibilidad a los medios de comunicación –y mientras las televisiones cuentan sus beneficios por decenas de millones-, la autocrítica llega con cuentagotas. La culpa es de la revolución tecnológica, de las conspiraciones del Ibex, de la crisis económica y de los piratas que operan desde las más oscuras habitaciones del Kremlin. Nunca es de los editores ni de su ancestral costumbre de priorizar la cantidad a la calidad. Y de volcar sus manías y las de las empresas que sostienen el proyecto en las páginas del producto informativo.

Y nunca es de los periodistas, capaces de explorar las fracturas de la familia de una chica desaparecida para tener su minuto de gloria. Así le va al sector. Y así se derrumbará, tarde o temprano y en buena parte, si nadie le pone remedio. Entonces, alguien pronunciará la frase que siempre se escucha cuando cierra un medio de comunicación: “Éramos necesarios, pero no pudo ser”. ¿Necesarios, para qué?

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