Permítanme traer a colación la más hermosa prosa escrita por un presidiario. Esa epístola in carcere et vinculis. Tengo que hablar de “esa especie de eternidad que es la infamia”, en palabras de Wilde y que no deja de ser esa eternidad del odio que se transforma en una venganza eterna y sin medida. Populismo punitivo. De eso se trata.

Los debates encendidos y poco profundos se han sucedido tras el reportaje logrado sobre el llamado asesino de la catana, también las polémicas sobre el trabajo en tercer grado del homicida de Nagore Laffage. Jaurías que olvidan los principios básicos de los que nos hemos dotado como sociedad avanzada. Populismo punitivo.

Las masas quieren castigos máximos para todas las conductas que reprueban, sin gradación alguna, sin esperanza, sin remedio. Buscan un talismán que les alivie del miedo, de la inseguridad, de la existencia de seres humanos que nos perturban y nos inquieren desde la misma raíz de su existencia.

Hemos regresado del XXI al XIX. Vivimos en un mundo en el que las masas claman por la venganza, por una ley del Talión que se aparta de sus reivindicadas raíces cristianas, por una necesidad de seguridad que ningún humano podrá darles, por una falta de caridad y de fe en el ser humano que sólo nos habla de los bajo que estamos cayendo tras habernos elevado sobre nuestra propia y falible naturaleza.

Gentes que se parten el pecho en golpes de defensa del artículo 2 de la Constitución porque habla de un territorio inescindible pero que son perfectamente capaces de olvidar y despreciar el artículo 25 porque se refiere a nuestra magnanimidad y grandeza como sociedad, proclamando que las penas está orientadas hacia la reeducación y la reinserción.

Nuestra ley magna afirma tajantemente que como sociedad creemos que el ser humano puede tropezar y causar daño pero que puede ser reconducido a la vida en sociedad y que somos capaces de acogerle de nuevo en su seno tras haber pagado su pena y haber aprendido a incardinarse en ella. Lo malo es que poca gente cree ya en ello. Lo perverso es que cuando un preso alcanza el tercer grado, ese rodaje para poder volver a vivir en el seno de la sociedad, se le persigue, se le identifica, se le estigmatiza a él y a quiénes han tenido la grandeza de creer en él y en las máximas de nuestra vida en común y le han ofrecido una oportunidad.

Hay demasiados ciudadanos que se consideran de bien y que están dispuestos a crear almacenes de carne humana sin esperanza y sin posibilidad de redención. Gentes que se creen muy de orden y muy estupendas porque gritan cuando alguien busca volver a la senda común. Seres aullantes en busca de la nueva Ley del Talión que se proclaman cristianos a golpe de pecho, pero que olvidan que Cristo le dijo a Dimas: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso. Gentes que aún responden a cada argumento intelectual a la persona que pasó por prisión y pagó su culpa -más allá de si fue injustamente condenado- llamándole “terrorista” sin respetar su fundada presencia actual en el núcleo del Estado de Derecho.

No solamente voy a despreciar a aquellos que consideran que las cárceles pueden constituir un almacén perpetuo de carne, de esa carne que nos da miedo o que nos hace sentirnos inseguros, como si la seguridad existiera, como si esa carne no hubiera convivido y siguiera conviviendo con nosotros desde el inicio de la humanidad. No, no solamente voy a reconvenirles y a recordarles que como sociedad nos queremos mejores, más dignos, más protectores, más magnánimos que los delincuentes. También voy a exigirle al sistema judicial que arbitre los mecanismos necesarios para asegurarnos de que las medidas de reinserción y readaptación pueden ser efectivas y funcionar. No podemos consentir que los particulares y los medios de comunicación persigan a los individuos que van cumpliendo los pasos legales y que intentan volver a vivir en sociedad para evitar que puedan tener una nueva vida en paz.

No puede ser que un recluso comience a experimentar con el tercer grado, que no es sino un aprendizaje de la nueva vida en libertad, y que éste sea coartado y segado por la persecución de las masas jaleadas por los medios de comunicación. Me van a perdonar pero no existe ahí ningún parámetro del derecho a la información. No hay ninguna opinión pública libre que vaya a formarse sino una exaltación de las bajas pasiones, de la miserable sensación de venganza, de la pobre creencia de que encerrando a algunos obtendremos una vida segura y sin peligros. No es cierto. Vivir es acertar el riesgo. No vamos a cambiar la naturaleza humana encerrando a aquellos que tropezaron o cayeron y creyendo que así nos libramos de su amenaza. Debemos respetar el derecho de todo ser humano a reconducir su vida. Eso que todos hemos hecho una vez u otra aunque nadie haya sabido de nuestros motivos.

La Justicia debe proteger el valor constitucional de la posibilidad de reinserción tras la reeducación. Los que claman el derecho al olvido en las redes para borrar estupideces del pasado no pueden pretender clavar a los que cumplieron su pena en un lugar lejano en el que ellos no se sientan amenazados.

Populismo punitivo. Penas enormes para todo. Sin gradación. Sin mesura ni justicia. Sin esperanza. Díganme como hemos vuelto al siglo XIX. Díganme cómo vamos a mantener una sociedad digna sin que estos valores habiten en nuestros corazones.

De Profundis.

Lo sé. La chusma siempre ha preferido a Lynch. Líbrennos de ella.

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