Si con algunos de nosotros, sus nietos, hablaba, era solo con mi hermano.

Cuando mi abuelo murió yo pisaba el umbral de la adolescencia. Pocas palabras se cruzaron entre mi corta vida y la suya tan próxima a la clausura. Mi primo y yo, casi de la misma edad, resultábamos un tormento cuando su casa se abría para recibir a la familia. Teníamos merecida fama de revoltosos; hasta el gato se escondía en los días de fiesta. En cambio, mi hermano Pepe, el menor, prodigaba un carácter sereno y cálido que parecía responder a la demanda de los mayores (luego el tiempo demostró que se trataba sólo de una estrategia para hacer exactamente lo contrario, pero con un coste emocional relativamente bajo), entonces, Pepe, decía, accedía al mundo del abuelo. Yo sólo lo alcancé al final, pero fue apenas la débil iluminación de un fósforo dentro del salón de una casa oscura que te permite vislumbrar la dimensión del ambiente, las vigas expuestas del techo y una puerta que conduce al interior, a la cocina, donde se juega la vida de una casa, y cuando llevas tus pasos allí, los dedos se queman y el fósforo se apaga.

Un año antes de su muerte, mi abuelo hizo su último viaje de Rosario, Argentina, donde vivíamos todos, a España. Fue por asuntos de herencia, pero a esta altura estoy seguro que para él se trató más bien de un viaje sentimental. A los pocos días de su regreso, sonó el timbre en casa y al abrir la puerta lo vi, sonriendo, con un paquete que me dio junto al saludo. Era una melódica, un instrumento de viento con teclado que resultó una herramienta útil para torturar a mi familia una larga temporada. Ese día, durante su visita, me contó una anécdota que hasta hace pocos años yo había considerado inocente. Cuando mi abuelo estuvo en Nueva York descubrió que los ojos eran ajos: así lo contaba. Me explico: en catalán, la lengua de mi abuelo y la primera que aprendí yo, antes que el castellano, ya que, en casa, por entonces, sólo se hablaba catalán, ajo se pronuncia igual que el sustantivo inglés eye /ai/, que significa ojo. La curiosidad fonética me hizo gracia en ese momento, pero la anécdota perduró, a la espera, en mi memoria. Poco después lo vi morir. Ver morir a mi abuelo fue ver a un hombre activo abandonar su huerta, su caja de herramientas, sus utensilios de albañil y dejarse ir, sentado en una silla bajita. Yo era poco más que un crío, pero fui capaz de ver en sus ojos la muerte; era eso lo que contaba su mirada y aún hoy me conmueve recordar, vivo aún, ese relato de su muerte que me narró con los ojos y no saber la historia de su vida, la que sus palabras jamás contaron.

Hace unos años, en Nueva York, le conté a Antonio Muñoz Molina que esa ciudad había sido el primer destino de mi abuelo cuando emigró de España, en un periplo que lo llevaría después a La Habana y Buenos Aires y que terminaría en Rosario. Muñoz Molina, entonces, le dio un giro al relato de mi pasado: me remitió a un sitio en la red que almacena toda la documentación de los inmigrantes que llegaron a Nueva York, por barco, pasando por Ellis Island y me sugirió que visitara la Spanish Benevolent Society de la Calle 14 que recibía a los españoles y que aún existe, como pude comprobar, y donde todavía, de tarde en tarde, se reúnen algunos mayores para jugar al dominó.

Mi abuelo llegó a Nueva York el 13 de abril de 1917 a bordo del buque Montevideo, de la Compañía Trasatlántica, que había zarpado del puerto de Barcelona. Contaba con sólo dieciséis años, en su bolsillo tenía treinta dólares y lo recibía un tal Vicente Costa, quien se hacía responsable de su conducta.

Ellis Island, apodada la Isla de las Lágrimas en todas las lenguas de Europa, era el lugar de recepción de los inmigrantes. Entre 1892 y 1924, unos dieciséis millones de personas pasaron por ella, a razón de cinco mil por día. Sólo un dos o tres por ciento era rechazado. No parece mucho, pero representa unas doscientas cincuenta mil personas. Y según consta, tres mil de ellas se suicidaron.

Buscando información sobre la historia de mi abuelo, encontré un pequeño libro de Georges Perec, Ellis Island, en el que vuelca sus impresiones tras realizar un documental sobre el tema para la televisión francesa. Los datos estadísticos que he citado unas líneas más arriba proceden de su informe. Según Perec, en 1917 se instauró un examen de alfabetización al que se sometía a los emigrantes y un control médico, consistente en un fondo de ojos. Por ambas pruebas, atendiendo la fecha, pasó mi abuelo. Perec, en su libro, reproduce un poema de Sholem Aleihem, Motl, Hijo de Poeta y en algunos de sus versos da cuenta de esto: “Te estacionan en el ‘Kestel graten’ (Castle Garden), te ubican desnudo y te miran a los ojos/si tienes los ojos sanos todo va bien. Si no, te obligan/a volver de dónde vienes. /Me parece que tengo los ojos sanos…”.

Posiblemente la primera palabra que escuchó mi abuelo en inglés fue eyes: el médico quería mirar sus ojos. Imagino el pánico de no entender, de saber que te la estás jugando. Y puedo ver, también, su sonrisa después de pasar la prueba, la distensión mínima para poder disfrutar de algo, al menos de la coincidencia fonética entre ajos y ojos.

La anécdota es una de las vigas que vi en la memoria de mi abuelo mientras ardía el fósforo. Son sus ojos cuando se despedía de mí, sentado en la silla. Esos ojos que temblaron en la Isla de las Lágrimas. ¿Y qué son las lágrimas sino una de las formas que tienen los ojos para interrumpir su silencio?

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