¿En qué medida los resultados del 21-D se han desviado de los escenarios que anticipábamos hasta ayer?

En primer lugar, hay que reconocer que las encuestas de las que disponíamos lo han hecho razonablemente bien. Si tomamos como referencia la encuesta preelectoral del CIS cuyo trabajo de campo se hizo antes de la campaña electoral, Ciudadanos ha obtenido 2,9 puntos porcentuales más de lo que allí se predijo; Junts Per Catalunya, 4,8 puntos más; Esquerra, 0,6 puntos más; PSC 2,1 menos; Catalunya-en-Comú-Podem, 1,2 menos; CUP 2,2 menos; y el Partido Popular, 1,4 menos. No son diferencias enormes, con la excepción quizá del partido de Puigdemont. Y es más, las encuestas que se hicieron durante la campaña posteriores a la del CIS marcaban tendencias muy claras que acabaron siendo consistentes con los resultados finales: Cs y JxC estaban creciendo, mientras que los partidos pequeños perdían apoyos. Así todo, dada la situación en la que se celebraron estos comicios, las encuestas nos dejaban varios interrogantes. Solo ayer por la noche pudimos resolverlos del todo.

1. La alta participación. En línea con lo que la mayoría de analistas anticipaban, la participación ha sido excepcionalmente alta. La contabilización del voto de los residentes ausentes hará que la cifra final esté en torno al 80%, en torno a 4/5 puntos superior a la de hace dos años. Son cifras extremadamente altas para un país donde el voto no es obligatorio.

2. La solidez del bloque independentista. En términos de bloques, las encuestas auguraban poquísimos trasvases de votos de partidos independentistas a no independentistas y viceversa, pero la activación de antiguos abstencionistas (en principio más favorables al bloque constitucionalista) auguraba un leve descenso del independentismo en la mayoría de las encuestas, y una posible pérdida de la mayoría de escaños. Al final, las tres candidaturas independentistas han caído solo 0,3 puntos porcentuales y han perdido solo dos escaños, conservando la mayoría absoluta en el Parlament. Gracias a la mayor participación, ayer obtuvieron de hecho 100.000 votos más que en 2015. Es cierto que el bloque independentista ha sido incapaz de expandir su base social, pero ha tenido un indudable éxito a la hora de conservar su nivel de apoyo en un contexto tremendamente complicado e incluso con un aumento de la participación concentrado en zonas no particularmente independentistas.

3. La concentración del voto no independentista en Ciudadanos. El resultado de Ciudadanos (25,4% del voto, más de 1.100.000 votos) es espectacular, y se sitúa en la parte alta de las predicciones de las encuestas. La estabilidad en el reparto de votos por bloques sugiere que ese aumento se debe a su capacidad de concentrar el voto no independentista, un proceso seguramente que se aceleró en los últimos días de campaña. Las encuestas detectaban un fuerte flujo de exvotantes del PP hacia la candidatura de Arrimadas (los datos del escrutinio apuntan a que la mitad de la subida de Ciudadanos se debería al derrumbe del Partido Popular), pero Cs parece también beber de antiguos votantes socialistas y de nuevos votantes. En cierto sentido, el problema de Ciudadanos es que crece a costa de sus potenciales aliados parlamentarios. De la misma manera que estas elecciones han mostrado que el soberanismo no logra expandir su base social, el problema del constitucionalismo parece ser que se reconfigura y concentra su voto (de tal manera que logra obtener la lista más votada), pero no atrae a antiguos votantes soberanistas. Y con niveles de participación ya extraordinariamente altos, no parece que haya mucho margen para que en el futuro crezca gracias a la llegada de actuales abstencionistas.

4. El éxito de Junts per Catalunya. Muchas encuestas anticipaban que Ciudadanos podría superar a Esquerra (sobre todo en votos), pero muy pocas pronosticaban el sorpasso de la formación de Puigdemont a la de Junqueras. Habrá que analizar cuáles han sido las causas de este resultado. Una posible hipótesis es que en el seno de Junts pel Sí había una parte importante de votantes que basculaban hacia Esquerra solo en la medida en la que ésta mantenía una posición más nítidamente independentista que PDeCAT, pero a quienes les habría convencido la estrategia combativa que Puigdemont ha llevado a cabo desde Bruselas. Esta pugna durante la campaña por ver quién era más independentista podría también estar detrás de la caída de votos de la CUP (en el bloque independentista el voto también se ha concentrado en torno a los partidos grandes).  

5. Los pobres resultados de las candidaturas más incómodas en el sistema de bloques. El PSC diseñó una campaña pensada para atraer votantes “transversales” procedentes de los dos bloques, aliándose incluso con los herederos de Unió Democrática de Catalunya, que obtuvieron 100.000 votos y ningún escaño en 2015. Por su parte, Catalunya en Comú-Podem apeló permanentemente a la necesidad de forjar acuerdos transversales con fuerzas de los dos bloques (Esquerra y PSC). Sus resultados han sido pobres, quizá porque los votantes a los que esa estrategia apelaba eran muy costosos de atraer, y los votantes de PSC y CeC a los que esa estrategia no convencía tenían muchas opciones a las que irse. La polarización de la campaña hizo además que estas opciones alternativas pudieran presentarse ante estos electores como competidoras en una batalla más importante: vencer al 155 vs. acabar con el procés.

Del panorama que estas elecciones nos dejan de cara a canalizar una solución estable para el conflicto catalán tendremos que hablar otro día.

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