A seis meses de las elecciones presidenciales más turbulentas desde el final de la junta militar en 1984, un grupo de trabajadores, algunos con gorro de cocinero, fumaban delante del restaurante de estrella Michelin Dalva e Dito cuyo chef Alex Atala es uno de los cocineros mas cotizados de São Paulo.

“¿A quién vais a votar?” “Aquí todos roban; el voto es obligatorio así que votaré en blanco”, respondió José Edson dos Santos, camarero de 33 años. “Yo votaría a Lula; él puso a gente como yo en la universidad”, dijo Lino Aparecido, de 21 años, ayudante de chef y estudiante de gastronomía. “Pero ¡si Lula está condenado! Él robó”, exclamó indignado Dos Santos. “Robar es del ser humano”, contestó tranquilamente Aparecido.

“¿Habrá protestas en la calle si meten a Lula en la cárcel?” “Los pobres no protestan porque tienen que trabajar”, respondió el aparcacoches Luiz Fernández Oliveira, de 38 años. “¿Y Bolsonaro?” preguntamos en referencia a Jair Bolsonaro, el candidato de ultraderecha, segundo en los sondeos detrás de Lula. “Con Bolsonaro y los bandidos (delincuentes) sería una masacre”, contestó.

Un plato de pato en tucupi (caldo de yuca) en Dalva e Dito cuesta 119 reales (unos 33 euros), equi­valente al salario de tres días para ­estos trabajadores que se desplazan diariamente en viajes de dos horas en autobús desde la periferia al centro de la megalópolis. Discrepaban sobre los candidatos pero coincidieron en que la recuperación económica anunciada cada día en los medios no ha llegado a sus bolsillos.

Los ciudadanos quieren a un ‘outsider’, pero la máquina de un gran partido es crucial

El presidente Michel Temer y su ministro de Finanzas Henrique Meirelles acaban de anunciar sus propias candidaturas a la espera de rentabilizar un crecimiento económico este año que puede ­­­ llegar al 3%. Pero ésta es la recu­peración más desigual de la historia en uno de los países más desiguales del mundo. Hasta la periodista Miriam Leitao, cuya columna diaria en O Globo pedía incansablemente la destitución de Dilma Rousseff y su sustitución por Temer, reconoce que “es ­improbable que el tímido fin de la recesión impulse a candidatos mal valorados en las encuestas”. Temer solo alcanza el 6% en valo­ración favorable. Meirelles ni eso.

En el Brasil del 2018, al igual que en los EE.UU. del 2016, un electorado malhumorado busca a un candidato desvinculado de un sistema político considerado profundamente corrupto. Pero nadie puede ganar sin el apoyo de los partidos tradicionales que se reparten los anuncios de televisión asignados según la representación parlamentaria y pueden reunir los 100 a 200 millones de reales (30 a 60 millones euros) que cuesta una campaña electoral en un país gigantesco como es Brasil. “Estamos en un momento de moralización de la política; la corrupción es el tema crítico”, dijo Jorge Chaloub, analista político de la Universidad Federal de Juiz de Fora. “La gente busca a un outsider de centro derecha que compagine críticas a las reformas laborales y de pensiones a la vez que ataque a la corrupción. Pero este candidato no existe”.

Lula tiene apoyo, pero será excluido por su condena a 12 años de cárcel

El candidato de la oposición liberal –el Partido Social Demócrata (PSDB)– Gerardo Alckmin, gobernador del estado de São Paulo, es el favorito del establishment empresarial. Pero no arranca en los sondeos. Hasta su compañero de partido, el expresidente Fernando Henrique Cardoso, lo ha reprochado por identificarse demasiado con los inversores mul­tinacionales en la avenida pau­lista. “Quien sea el candidato del mercado va a perder”, dijo Car­doso, que llegó a proponer como candidato a Luciano Huck, es­trella de un reality show en Rede Globo, que sin embargo ha de­clinado presentarse.

Bolsonaro, un exmilitar de ­ultraderecha, sigue siendo el candidato mejor equipado para dar voz a la rabia popular contra la ­clase política. Su discurso deli­rante en favor de mano dura contra la delincuencia –bien sea en las favelas de Río, bien en el Congreso de Brasilia–, sintoniza con lo que se palpa en la calle. Más del 50% de los entrevistados en una encuesta dijeron que estaban de acuerdo con la frase más identificada con el candidato de la ultraderecha: “El mejor bandido (delincuente) es un bandido muerto”. Hay cada vez más violencia en la campaña y ­grupos armados de presuntos ­seguidores de Bolsonaro han disparado contra la caravana electoral de Lula que recorre el país. ­Pese a ello, muchos votantes oscilan entre Lula y Bolsonaro, un indicio de la confusión crónica que reina en Brasil tras el colapso de los gobiernos del Partido de Trabajo (PT), presididos por el propio Lula y por Dilma Rousseff. El problema para Bolsonaro es que ­carece de partido y financiación.

Entre los candidatos que sí tienen infraestructura electoral y dinero, solo Lula cuenta con una sólida base electoral. Uno de cada tres votantes dice que lo votaría. Su baza son los recuerdos de aquellos años de bonanza entre el 2002 y el 2010, cuando Lula legislaba subidas del salario mínimo, subsidios para familias pobres y la incorporación de cientos de miles de jóvenes de familias humildes a la enseñanza universitaria.

Pero es ya casi imposible que Lula pueda participar en la ­campaña, ya que está condenado a 12 años de cárcel por un delito de soborno y blanqueo de dinero. “Si Lula es candidato llegará a la ­segunda vuelta seguro, pero no ­será candidato” dice Marcelo Mitterhoff, economista del banco público BNDES.

Temer ha intentado restar apoyo a Bolsonaro con su decisión polémica de mandar al ejército federal a las favelas de Río. Pero es posible que la guerra en las favelas genere más votos para la izquierda. No para Lula sino para el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), en el que militaba Marielle Franco, la diputada y activista de derechos humanos que fue asesinada en Río hace dos semanas tras organizar una campaña contra la presencia militar en las favelas.

Si Lula no se presenta, mucho dependerá de si puede trasladar su apoyo personal a otro candidato de la izquierda. La opción más interesante podría ser Ciro Gomes que logra reunir algunos requisitos necesarios, al ser un outsider, pero al mismo tiempo un político respetado por su intelecto dentro de la izquierda. Además, es oriundo del noreste, el feudo popular de Lula, cuyos votos serán esenciales si la izquierda tiene alguna posibilidad de volver al poder. Con el apoyo logístico del PT y su presencia en la televisión, Gomes “podría llegar a la segunda vuelta” dice Chaloub.

Pero hay un problema. Gomes es consciente de que el PT es un producto tóxico en el electorado de clase media y ha atacado el ­partido de Lula en la últimas ­semanas. Igual que Bolsonaro, su deseo de romper con el sistema le gana apoyo en la calle pero lo aleja de los aparatos de los grandes ­partidos que son esenciales para ­ganar. Lo dijo Lula con su habitual astucia: “Seamos sinceros –afirmó en una entrevista al diario Folha de São Paulo–.Por la derecha, nadie será presidente sin el apoyo de los tucanos (PSDB) y por la izquierda nadie será presidente sin el apoyo del PT”.

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