La presencia de Bob Dylan sobre cualquier escenario siempre ha sido más o menos motivo de obligada asistencia para el aficionado musical, por su condición de icono de la música popular, como autor de canciones emblemáticas y como símbolo de un inconformismo de primera hora que se extiende hasta el presente. La concesión del premio Nobel de Literatura en el 2016 ha añadido un plus de expectación a los dos conciertos que el glorioso cantautor ofrecerá hoy y mañana en el festival Guitar BCN, en un escenario como el del Gran Teatre del Liceu, que le acogerá por primera vez (21 h).

El Dylan que llega a Barcelona lo hace pues galardonado con un premio literario que despertó una densa polvareda en su momento. Un polémica que rozó lo esperpéntico, pero en la que el trovador debió de disfrutar lo indecible: su manera de esquivar y dar plantones a la maquinaria protocolaria de la academia sueca fue antológica, incluido el hecho de que enviara en el último momento su discurso inaugural para hacerse con la generosa dotación del galardón. Eso, por no citar las innumerables reacciones de todo origen de estupor, crítica e insulto que recibió Dylan por considerar que no era acreedor a tal galardón, una recompensa que había recibido por haber creado “una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, según argumentó la academia en su día.

Ofrece sus primeros conciertos en Barcelona desde que recibió el premio Nobel de Literatura en el 2016

El autor de (en este caso con mayor razón que nunca) canciones-himno como Blowin’ in the wind o Highway 61 revisited, está recorriendo escenarios de toda Europa haciendo un repaso a su amplísimo repertorio de siempre en el que ha trufado algunos clásicos del denominado Gran Cancionero Norteamericano, que ha sido el motivo de sus últimos tres álbumes de estudio. Todo ello, evidentemente, interpretado a la manera dylaniana, lo que quiere decir que en unas versiones que a menudo son francamente irreconocibles comparadas al original. Es indiscutible, con todo, que este acercamiento a un repertorio clásico y de enorme valor simbólico no deja de tener su lado provocador y transgresor, sin llegar, eso sí, al escándalo que produjo en 1965 al electrificar su folk en el festival de Newport o convertirse al cristianismo a finales de los setenta (etapa que acaba de reflejar en su último álbum, Trouble no more, formado por un centenar de ­rescates de su archivo, con rarezas e inéditos de aquel entonces).

El músico y escritor Robert Zimmerman, en cualquier caso, no necesita a sus 76 años demostrar absolutamente nada en ningún sentido, y de hecho ya lo ha exteriorizado desde hace bastantes años dentro y fuera del escenario. En los conciertos ofrecidos hasta ahora en España –Salamanca y tres noches consecutivas en el Auditorio Nacional de Madrid–, su presencia escénica estuvo caracterizada por un absoluto mutismo, la conocida inexpresividad general de su rostro y la también ya conocida poca fidelidad a sus canciones. Un escaso parecido con el original agravado, además, por una voz en indudable declive, pese a lo cual no duda en prodigar sus características y arriesgadas inflexiones vocales.

En su amazónico repertorio en vivo pueden caber temas escritos tanto en 1963 como el año pasado

Paradójicamente, su dependencia vital y artística del directo parece incuestionable. Desde 1988 está desarrollando lo que en su día se denominó The Never Ending Tour, que aunque ya no responda por tal apelativo lleva realizados cerca de 3.000 conciertos en total, con no menos de un centenar por año. Y siempre sin mayores convencionalismos ni complejos a la hora de recrear unas canciones que para no pocos de los asistentes son poco menos que sagradas. En esta ocasión y a tenor de lo ofrecido en sus citados últimos cuatro conciertos, Dylan trabaja sobre un repertorio de una veintena de temas que se puede calificar de variado, equilibrado y entretenido (esto último a priori).

Siempre arrancando con Things have changed –el tema de la película Jóvenes prodigiosos que le valió un Oscar a la mejor canción original en el 2001, el músico ha podido elegir desde material fechado en 1963 hasta exactamente el año pasado. Además de sus ya comentadas versiones de piezas imborrables como It ain’t me, babe, Simple twist of fate o Tangled up in blue, el setlist también incluye joyas de ese memorable cancionero norteamericano, a cuya recuperación discográfica ha estado dedicado los últimos cuatro años con tres álbumes: Shadows in the night (2014), con temas inmortalizados por Frank Sinatra y de los que estos últimos días ha cantado Autumn leaves, Full moon and empty arms o Why try to change me now; Fallen angels (2016) y el triple Triplicate (2017), de donde ha sacado por ejemplo A s time goes by. Unas relecturas, en cualquier caso, que parecen estimular especialmente a Dylan, parapetado en esta gira tras un piano de cola, aunque no cuantitativamente determinantes en su oferta en vivo

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