Ningún país del mundo da más importancia al deporte que Australia. Ni los brasileños con su pasión por el fútbol. Ni los neozelandeses con su obsesión por el rugby y los All Blacks. Es una expresión de patriotismo, de identidad nacional.

Por eso el escándalo que sacude a la selección de cricket tiene al país convulsionado, y sus protagonistas están siendo tratados poco menos que como criminales por haber humillado internacionalmente al país. Hasta el primer ministro Malcolm Turnbull, cuya popularidad se encuentra por los suelos, se ha sentido con la autoridad suficiente para calificar lo ocurrido como una “afrenta inimaginable”. Los patrocinadores han puesto pies en polvorosa. La compañía que tiene los derechos televisivos exige una renegociación a la baja. El ambiente en las redes sociales, incendiadas, es de linchamiento, como si Sydney, Brisbane y Melbourne fueran la Virginia City del Salvaje Oeste.

¿Qué ha pasado, se preguntará el lector, para que en Australia no se hable prácticamente de otra cosa, y sus héroes del cricket hayan sido convertidos en villanos? Pues que en un reciente partido en el estadio Newlands de Ciudad del Cabo, las cámaras pillaron al lanzador Cameron Bancroft manipulando la pelota con papel de lija para conseguir en ella un efecto extraño que engañase a los bateadores sudafricanos, y ayudase a empatar una serie que los visitantes acabaron perdiendo por 3-1.

No es algo infrecuente en el cricket, donde está a la orden del día clavar las uñas en la pelota, frotarla con crema solar o crema de cacao para los labios, o pegarle y luego quitar un trozo de cinta adhesiva, siempre buscando que se comporte de manera antina-tural. Una infracción tan común que, si la detectan los árbitros, sólo conlleva una sanción de cinco carreras y una suspensión de un partido para el culpable, el equivalente en fútbol de una falta y una tarjeta amarilla, o poco más. Pero los australianos se han sentido heridos en su orgullo patrio, y no han tenido compasión con los culpables.

La investigación ha concluido que Bancroft, un jugador novato, fue adiestrado por el veterano Steve Warner en las artes negras de manipular la pelota, todo ello con el conocimiento del capitán Steven Smith, considerado el mejor bateador del mundo, y tal vez de la historia después de su compatriota Don Bradman. El pasado enero había sido homenajeado en loor de multitudes tras liderar la selección en un triunfo apabullante de 4-1 sobre Inglaterra
en los ashes. El primero ha sido suspendido por nueves meses, y los otros dos por un año,
sanciones ejemplares. El entrenador Darren Lehmann ha dimitido, aunque insiste en que no tenía conocimiento previo de los hechos.

Smith, con la mano de su padre sobre el hombro en una emotiva conferencia de prensa, se echó a llorar cuando le preguntaron sobre el mal ejemplo que su comportamiento significaba para todos los niños que hasta ahora lo habían visto como un modelo. Warner, acompañado de su mujer y sus dos hijos pequeños, tuvo que ser escoltado al llegar al aeropuerto como si se tratara de un criminal. Lehmann se ha declarado culpable de imbuir al equipo una cultura y una mentalidad agresivas, de ganar al precio que sea, que hace tiempo que han hecho de los australianos un enemigo al mismo tiempo temible y odiado, especialmente en Inglaterra. Un conocido empresario pagó una página entera de publicidad en el Morning Herald, el principal periódico: “Esto afecta no sólo a la reputación de nuestro deporte, sino a nuestra reputación como pueblo”.

El descubrimiento de que el cricket, particular motivo de satisfacción, está tan corrupto como la política o como el rugby (donde una serie de estrellas han acosado o pegado a sus parejas sin mayores consecuencias), ha desatado una crisis social y cultural en un país donde mucha gente se resiste a la rapidez con que están cambiando las cosas, a la comercialización de todo, a la inmigración, la avaricia y el populismo. Y la ha tomado con saña, con ansia de sacrificio y sangre, contra los responsables del escándalo de Ciudad del Cabo, y eso que el consumo de drogas y la compra de partidos, sobre todo en India y Pakistán (el capitán Smith tenía un contrato de un millón y medio de euros anuales con los Rajasthan Royals), se encuentran a la orden del día.

En el deporte australiano impera una cultura machista, de ganar como sea. Con los wallabies de rugby en horas bajas y el cricket en la lona, todas las esperanzas de redención están depositadas en los socceroos, la selección de fútbol. Sus rivales de grupo en el Mundial de Rusia son Francia, Dinamarca y Perú. La moral nacional tardará en recuperarse.

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