Efraín Ríos Montt fue oficialmente condenado por genocida durante diez días. Es el tiempo que transcurrió entre el 10 de mayo de 2013, cuando se hizo pública la sentencia que le sentenciaba a 80 años de cárcel por el asesinato de 1.771 mayas ixiles a manos del Ejército guatemalteco, y el 20 de ese mismo mes, cuando la Corte de Constitucionalidad invalidó el fallo y obligó a repetir el proceso. No volvería a sentarse ante el tribunal, que en 2015 lo declaró “mentalmente incapaz”. El domingo 1 de abril de 2018, cinco años después de la sentencia, el general que gobernó Guatemala entre 1982 y 1983 tras un golpe de Estado, murió en su casa, sometido a arresto domiciliario, enfermo, perseguido por los jueces pero sin sentencia en su contra.

Apenas transcurrieron doce horas desde la muerte de Ríos Montt hasta su entierro. Un sepelio relámpago para un militar que simboliza los años más sangrientos del conflicto armado en Guatemala. Ni honras de Estado ni capilla ardiente en el Congreso, por deseo de la familia, que quería “evitar cualquier tipo de confrontación”, según su abogado, Jaime Hernández.

Es importante conocer el alcance de las matanzas que se vivieron en Guatemala en aquella época para dimensionar lo que simboliza el entierro del general.

Que los allegados hubiesen optado por una despedida exprés y sin fastos institucionales, que correspondían al dictador por jefe de Estado y por presidente del Congreso en dos ocasiones (2000-2004 y 2008-2012), no implica que no hubiese voluntad oficial. El Legislativo se ofreció para acoger la capilla ardiente de Ríos Montt. Dicho de otro modo, el Congreso guatemalteco estaba dispuesto a velar a un dictador acusado de genocidio.

Que no hubiese actos oficiales por deseo familiar tampoco implica que sus compañeros de armas no convirtiesen su sepelio en una exhibición de apoyo a un militar ultraderechista que aplicó una política de “tierra arrasada” en lo que consideraba una cruzada, mitad religiosa mitad patriótica, contra el comunismo.

A ocho kilómetros del camposanto, mientras los uniformados gritaban “¡Viva mi general!” y le agradecían que hubiese “derrotado a la izquierda”, decenas de personas, convocados por H.I.J.O.S., una asociación de familiares de detenidos y desaparecidos, reivindicaban en la plaza central de la capital que en Guatemala hubo un genocidio.

Aferrados a la falta de sentencia

“Murió libre y está libre”, clamó Zury Ríos, hija del exdictador, durante el sepelio. Esta sería la frase más aplaudida, respondida por un “amen” a coro y vítores al militar. Que una hija en duelo glorifique a su padre muerto es lo más normal del mundo. Incluso los acusados por genocidio tienen seres queridos. La frase, sin embargo, tiene más de proclama política, de reivindicación de una obra y, sobre todo, de celebrar que a ojos de la Justicia el general no murió como preso sentenciado.

Más claro todavía, su abogado, Jaime Hernández, el tipo que defendió al uniformado en sus últimos años, cuando las sesiones se celebraban a puerta cerrada y sin presencia de Ríos Montt, reiteraba una y otra vez que su defendido “no es un genocida” porque su muerte extingue el proceso en su contra.

Este viernes estaba prevista una nueva sesión del juicio por su responsabilidad en la matanza sistemática de mayas ixiles durante sus campañas militares en el Quiché, una zona montañosa del norte del país. El abogado explicó que solicitará inmediatamente el fin del proceso.

“La cabeza de una anciana, los soldados la utilizaban como pelota. No se me ha olvidado y nunca se me va a olvidar”

Para entender la figura de Ríos Montt hay que recordar que Guatemala sufrió un conflicto armado entre 1960 y 1996 que enfrentó al Ejército con una guerrilla de izquierdas. Que no ha tenido un Gobierno progresista desde el golpe de Estado de 1954 que, con la ayuda de la CIA, expulsó del poder a Jacobo Árbenz, convirtiéndose en germen de la guerra. Que más de 200.000 personas murieron y otras 50.000 fueron desaparecidas, la gran mayoría a manos de los soldados. La ONU, en un informe de 1999, lo calificó de “genocidio”, atribuyendo al Estado el 93% de los crímenes de lesa humanidad.

Para entender la figura de Ríos Montt basta con recordar las palabras de Julio Velasco, testigo en el juicio por genocidio y que en la vista declaró: “La cabeza de una anciana, los soldados la utilizaban como pelota. No se me ha olvidado y nunca se me va a olvidar”.

Es importante conocer el alcance de las matanzas que se vivieron en Guatemala en aquella época para dimensionar lo que simboliza el entierro del general.

“Líder irrepetible contra una agresión marxista”

Que la familia no quería especiales fastos mortuorios era algo palpable frente a su domicilio de la zona 15 de Guatemala, uno de los barrios acaudalados de la capital. Los únicos que hablan son sus abogados, Jaime Hernández y Luis Rosales; su médico, Mario Bolaño; y Ricardo Méndez Ruiz, presidente de la Fundación contra el Terrorismo. El primero alabará que “no fue derrotado por la izquierda ni en la muerte”. El segundo, que murió “con la conciencia tranquila”. El cuarto, que fue “un líder irrepetible” y que dirigió al país “contra una agresión marxista dirigida desde el extranjero”.

Ese es el tono que se mantendrá durante las exequias, una mezcla entre el recuerdo familiar, la reivindicación derechista y la reunión de veteranos de guerra.

A las 15:12 horas del domingo se escuchan aplausos en el interior del domicilio de Ríos Montt. Sale su familia. Salen sus allegados. Comienza una caravana improvisada hacia el cementerio abierta por seis policías motorizados de la municipalidad y compuesta, en su mayoría, por periodistas que intentan no atropellarse los unos a los otros mientras se cruzan para tomar fotografías del coche fúnebre.

Ese último paseo solitario, sin acólitos, que los tiene, despidiéndole, contrasta con la imagen del cementerio.

Solía decir, en sus soflamas dominicales, que el buen cristiano es el que va con la Biblia en una mano y el fusil en la otra

Desde el acceso al camposanto hasta el lugar del nicho en el que Ríos Montt será enterrado, un pasillo de uniformados realiza el saludo militar. Hay representación de todos los cuerpos de la armada. El ataúd, cubierto con una bandera de Guatemala, avanza entre los soldados hasta ubicarse frente a los familiares del finado.

“¡Viva mi general Ríos Montt!”, grita un exaltado. No dejará de lanzar loas al dictador durante todas las exequias.

Otro de los elementos por los que se recordará a Ríos Montt es por su fe evangélica. Él fue uno de los responsables que esta rama del cristianismo se expandiese por Guatemala, tradicionalmente católica desde la conquista española. Solía decir, en sus soflamas dominicales, que el buen cristiano es el que va con la Biblia en una mano y el fusil en la otra. Así que la ceremonia de su entierro mezcló ambas ideas: fundamentalismo religioso y exaltación militar.

Soldados guatemaltecos forman durante el funeral del dictador José Ríos Montt. EFE/Esteban Biba

Soldados guatemaltecos forman durante el funeral del dictador José Ríos Montt. EFE/Esteban Biba

Que la muerte del general coincidiese con el domingo de Resurrección, fecha en la que el cristianismo cree que se produjo la ascensión a los cielos de Jesucristo, no hace sino incrementar el simbolismo para unos fieles tan religiosos como él.
Un ejemplo de la imagen que Ríos Montt proyecta: uno de sus vecinos, Javier González, que vivía pared con pared con el difunto general, lo califica como “hombre importante” por haber “defendido a la familia”. “Ahora no le podrán hacer el juicio”, dice, riéndose, mientras reflexiona que “la guerra es la guerra” y que “nadie ha juzgado a la izquierda”.

Que en el exterior de Guatemala exista consenso casi absoluto sobre que Ríos Montt fue uno de los dictadores más sanguinarios de una de las etapas más negras de Centroamérica no implica que dentro del país no mantenga apoyos.

Regresemos al entierro. La Policía Militar forma un cordón alrededor de la familia y los uniformados que intervendrán en las exequias. Resulta difícil identificar a los participantes. Nadie da su nombre. Lo que sí se puede reproducir son algunas de las frases que pronuncian los uniformados.

Glorificación de un golpe de Estado

“Gracias a Dios, el general se hizo cargo de la estrategia política, económica y militar. Será ejemplo de no haber dejado entrar al comunismo. En Guatemala amamos a Dios, estamos en contra de las teorías que no aman a Dios”, clama a voz en grito un oficial. Por su relato, participó en el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982, en el que los denominados “oficiales jóvenes” impusieron a Ríos Montt como presidente.

“A 36 años del movimiento del 23 de marzo recordamos que dignificó el país, recuperó las instituciones y la dignidad, que estaban a punto de ser tomadas por la guerrilla comunista. No eran solo 60.000 combatientes, también millón y medio de civiles, de fuerzas irregulares. ¿Por qué la guerrilla no tomó el país? Porque ustedes, los oficiales jóvenes, dieron el golpe de Estado y pusieron al general Ríos Montt”, afirma otro uniformado.

Sin honores de Estado, casi con prisas, el general acusado de genocidio recibía sepultura entre los uniformados que le acompañaron toda su vida

Recordemos que una de las bases que sustentan la acusación por genocidio es que el Ejército, por orden de su principal responsable, quiso terminar con la etnia ixil por considerarla aliada de la guerrilla. Si Mao Tse Tung teorizó que la guerrilla debía moverse entre el pueblo como pez en el agua, el dictador guatemalteco le tomó la palabra y aplicó la política de “quitarle el agua al pez”. La población del país centroamericano era de 7 millones y medio en 1982. Así que aquí tenemos, de boca de uno de los militares que apoyó a Ríos Montt, la constatación de que consideraban enemigo potencial al 20% de sus habitantes.

Un momento inevitable en todo funeral castrense: las salvas de honor. Tres, en concreto. El sonido metálico de los fusiles lleva a pensar en otro contexto, en un batallón en 1982, en las masacres en aldeas borradas de la faz de la tierra. “El que tenga armas contra la institución de armas tiene que ser fusilado. Fusilado y no asesinado. ¿Estamos?”, proclamó el general en una histriónica comparecencia ante la prensa en 1982.

Terminan las exequias entre más loas al general. No se ha escuchado ni una sola vez la palabra “genocidio”, aunque sea para exculparle, pero la idea ha estado presente en forma de “cumplir con su obligación”. Él, cuando fue interrogado por el Tribuna de Mayor Riesgo B, siempre se declaro inocente.

No podría terminar una crónica sobre la muerte de un acusado de genocidio sin dar voz a una de las víctimas. “Lo más importante para nosotros es que Ríos Montt se murió en manos de la justicia, o sea, huyendo de la justicia. Y logramos la sentencia y la desclasificación de los documentos militares y ese es un paso muy importante”, asegura Antonio Caba, sobreviviente de la masacre de la aldea Ilom, en Chajul, Quiché, en una entrevista al medio digital Plaza Pública.

Sin honores de Estado, casi con prisas, el general acusado de genocidio que eludió la condena después de ser sentenciado recibía sepultura entre los uniformados que le acompañaron toda su vida. Los crímenes perpetrados durante su mandato (ejecuciones extrajudiciales, matanzas, destrucción de aldeas, desapariciones) siguen impunes.

Para entender hasta qué punto la memoria histórica es una asignatura pendiente, las reflexiones de Claudia Ocampo, ama de casa que formaba parte del grupo de 20 curiosos que siguió las exequias desde el exterior del cementerio: “Los Derechos Humanos vienen a opacar la democracia. Si hubiese seguido él o su régimen político no existiría tanta delincuencia”.

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