El olor a madera quemada avisa que el invierno se empieza a asomar, y con él, los problemas que afrontan los más desafortunados. La ciudad de Ankara viste de negro ante las dificultades que sufren los refugiados en las fechas que se avecinan, unas circunstancias que alcanzan su máxima expresión en el barrio de Altındağ, bautizado como ‘La pequeña Alepo’.

No es difícil encontrarlo, solamente hace falta seguir la niebla. El denso humo que se acumula en sus calles a primeras horas de la mañana, dónde el frío alcanza su apogeo, revela con creces la cara más amarga de esta estación del año. Sin dinero y poca ropa, las temperaturas les obligan a quemar todo cuanto encuentren a su paso y la nube tóxica se alza a medida que pasan las horas para indicar que un nuevo día acaba de empezar, otra jornada en el barrio donde malviven los que tuvieron que abandonar Siria forzosamente.

La huida precipitada es el denominador común en todas las historias que se cruzan en ‘La pequeña Alepo’. Amani, una joven siria, llegó a la comunidad hace pocas semanas desde Idlib, primera parada después de partir desde Alepo. Allí creció y se licenció en Farmacia mientras la guerra se producía a pocos kilómetros de su facultad. No acusa la difícil situación: “Mi barrio estaba controlado por las tropas de Assad y reinaba la normalidad”.

Una vez acabada la universidad, la falta de oportunidades laborales la obligaron a dejar su ciudad, un paso que su padre ya había emprendido antes. Al tener familiares en Idlib, al oeste del país, decidió trasladarse a esta ciudad, ahora controlada por Turquía.

Desde allí, según afirma, “pagué 1.500 dólares a los traficantes para poder llegar a Ankara”, ciudad donde la farmacéutica malvive a día de hoy. Ahora espera con ansias poderse juntar con su padre en Alemania mediante el programa de reasentamiento de la Unión Europea. “Mi tío se irá pronto a los Estados Unidos, pero ha estado dos años esperando”, afirma.

Refugiados sirios esperan frente a un edificio abandonado en el barrio Haci Bayram en Ankara. Se calcula que el número de refugiados sirios en Turquía se aproxima a los dos millones, pero sólo unos 200.000 de ellos viven en campamentos de refugiados.

Refugiados sirios esperan frente a un edificio abandonado en el barrio Haci Bayram en Ankara. Se calcula que el número de refugiados sirios en Turquía se aproxima a los dos millones, pero sólo unos 200.000 de ellos viven en campamentos de refugiados. AP Photo/Burhan Ozbilici

Es consciente de que la demora siempre se puede alargar y por ello también estudia alemán para probar suerte con un visado de estudiante. El programa de reunificación familiar, en su caso, no es posible porque ya cumple con la mayoría de edad, por lo que la opción más rápida es la que muchos acaban realizando: “Podría hacer como mi padre y llegar ilegalmente”.

Su progenitor tuvo que cruzar el Mar Egeo en patera y aventurarse por la ruta de los Balcanes hasta llegar a suelo alemán. “No estoy segura, caminó unos tres o cuatro países”. Ese padre, a día de hoy y después de dos años, espera que su hija pueda llegar a Europa sin tener que arriesgar su vida lanzándose al mar y caminando a través de países como Bulgaria, Serbia, Croacia y Austria.

En 2017, Alemania recibió con el programa de reasentamiento a un total de 2.232 refugiados sirios que se encontraban en Turquía, según datos de la UNHCR, la agencia para los refugiados de la ONU. Por su parte, España alcanzó el escaso número de 147 personas. En esas cifras no se contabilizan los que no pueden esperar más y deciden cruzar fronteras sin el ‘permiso’ de las instituciones.

Demoliciones forzadas

Los sirios de Altındağ llegaron ligeros de peso y sin dinero. Su única esperanza era ocupar los edificios antiguos, algunos de ellos abandonados, y sin acceso a los servicios básicos, como luz y agua. Aun así, y después de haber visto sus casas en Siria reducidas a escombros, dieron una oportunidad al nuevo futuro que les esperaba. No obstante, las condiciones insalubres obligaron al gobierno a tomar partido y decidieron demoler esos hogares en el marco de un ambicioso plan de reurbanización.

Horoz explica el sentimiento que tuvieron las familias al ver su casa destruida por segunda vez: “Para ellos ya fue duro tener que abandonar su hogar o ver cómo era bombardeado, así que imagina que te ocurre lo mismo hasta en dos ocasiones”. El proyecto dejó a familias enteras en la calle buscando un techo en condiciones.

El barrio, al noreste de la capital turca, está en constante crecimiento, aunque ahora se encuentra delimitado por una alambrada que separa el territorio civil del militar. “Se supone que no se puede construir allí porque el terreno pertenece al ejército”, destaca Serkan Horoz, responsable de una ONG local que ayuda a los refugiados que acaban de llegar.

Sin la valla espinada, muchos decidirían improvisar su nuevo hogar a bajo coste. La población de sirios en la barriada se cuenta por millares y va en aumento. Aunque no existen cifras exactas ni están segregadas por nacionalidad, en 2015 el gobierno turco contabilizó cerca de 365.000 habitantes en el empobrecido vecindario, la mayoría de ellos de nacionalidad siria y, en su mayoría, de la ciudad de Alepo.

El camino de vuelta a la guerra siria

Con pocas perspectivas de prosperar, algunos también deciden regresar al país del que huyeron. Gadir malvivía junto a sus tres hijos en las calles de Altındağ hasta que decidió emprender el camino de vuelta “para honrar la memoria de su marido fallecido”, según destaca su familia que aun vive en Ankara. La sorpresa de esta madre de tres niños fue observar que su hogar seguía en pie, rodeado de casas en ruinas. Decidió quedarse y construir un futuro poco prometedor, pero en casa, su Siria natal.

Algunas familias comienzan a regresar a la devastada Alepo

Algunas familias comienzan a regresar a la devastada Alepo EFE

Su hermano no podría regresar aunque quisiese. Muhammed, además de ser refugiado, es un proscrito. Una vez acabado el servicio militar, quiso concentrarse en un futuro lejos de las armas, pero justo después Assad comenzó la represión contra su propia población y él fue llamado a filas, asegura. Su negativa por acudir le valió una orden de arresto que aún recae sobre sus espaldas: “Si vuelvo a Siria, me matan”.

Sin posibilidades de hacer un camino de vuelta que muchos ya se plantean, sólo le queda la opción de aceptar trabajos precarios en este barrio de la capital. Según Horoz, muchos empresarios turcos han reflotado sus empresas gracias a la mano de obra barata de los sirios que han llegado sin educación previa y desesperados por sobrevivir.

Los “intelectuales”, tal como los denomina el joven cooperante, tienen más posibilidades de ser reasentados en países europeos, a los que acusa de aceptar en mayor medida las solicitudes de los refugiados que gozan de una carrera universitaria o una educación sólida: “Los peores se quedan en Ankara”.

Y mientras el sol se apaga, miles de familias encienden una hoguera que ahuyentará al invierno hasta el día siguiente. Su humo cubrirá la totalidad de las calles de la capital turca, pero la densa niebla solamente se manifestará en ‘La pequeña Alepo’ para indicar que los desafortunados siguen en Ankara. Otros volverán a su Siria natal y solamente los ‘escogidos’ abandonaran la densa nube de humo.

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