“El referéndum quizás era ilegal, pero era legítimo”, “no hay que compartir su ideario para solidarizarse con los políticos presos”… frases como estas, tan frecuentes en los debates en comedores y cocinas, en los cafés, en los medios de comunicación o en las redes sociales en España y Catalunya, han irrumpido exactamente en los mismos espacios en Alemania. A raíz de un hecho, la detención de Carles Puigdemont en territorio alemán, que nadie se esperaba, pero que ha sucedido. La cuestión catalana se ha abierto un espacio destacado en la agenda pública alemana estos últimos días, incluso si, como en el Estado español, se celebra la Semana Santa y muchos se han ido de vacaciones. Entre las imágenes de la política versallesca de Brusel·les, las fotografías de las elecciones en Egipto o las instantáneas de Gaza, asoma la cabeza, de cuando en cuando, una estelada, delante de la prisión de ladrillo rojo de Neumünster, aquí, o en las calles de Barcelona, allá.

El gobierno alemán está manteniendo —como se dice ahora— un perfil bajo. Más allá de la izquierda, y más bien de la izquierda extraparlamentaria, el independentismo catalán no tenía —hasta hace poco tiempo— demasiados apoyos en el país. “Nacionalismo” es una palabra sucia en Alemania por motivos en los cuales no es necesario entrar a fondo. La cuestión catalana era comparada a nivel local con Baviera por su marcada identidad regional y sus quejas sobre la financiación del presupuesto federal. El 2012, el semanario Der Spiegel incluía a los catalanes en una lista con los escoceses, los vascos, los flamencos y los sur-tirolesos bajo el nada halagador titular de La hora de los egoístas, sugiriendo que detrás de las reivindicaciones nacionales había una motivación primordialmente económica.

Las simpatías de la población alemana hacia el derecho a la autodeterminación estaban en buena medida teledirigidas por el establishment político y mediático dependiendo de quien, de cuando y, sobre todo, de la medida en que beneficiaba la expansión del capital alemán. Por eso la balcanización de Yugoslavia contó con el visto bueno de Berlín (y también de Viena), y por momentos incluso la animó, mientras otras reivindicaciones nacionales, cercanas y lejanas, pasaban desapercibidas.

El referéndum del 1-O, y sobre todo las imágenes de las duras cargas policiales en Catalunya, cambiaron pero opinión. Hace unos días, el diario Die Welt publicaba una encuesta realizada por Civey según la cual el 51% de los ciudadanos alemanes está en contra de la extradición de Puigdemont. No obstante, nadie en Catalunya tendría que tener muchas esperanzas porque en Alemania —como, de hecho, en la mayoría de estados de la Unión Europea—, el gobierno y la ciudadanía tienen opiniones diferentes. En el año 2009, por ejemplo, hasta un 58% de los alemanes estaba a favor de la retirada del Bundeswehr en el Hindu Kusch (Afganistán), y aun así todos los partidos, a excepción de Die Linke, votaron a favor de mantener la intervención militar.

A la espera del Tribunal de Schleswig-Holstein

Este sábado ha llegado la última edición del semanario Der Spiegel a los quioscos. Lo ha hecho con un artículo de tres páginas sobre el caso Puigdemont titulado Esperando Neumünster. Según Der Spiegel, la Fiscalía española quiere que la extradición de Carles Puigdemont se decida la próxima semana. El gobierno de Angela Merkel ya anunció el viernes que no ejercerá su derecho de veto si el Tribunal de Schleswig-Holstein decide finalmente aprobar la extradición de Puigdemont en España, puesto que, a su parecer, sería una injerencia del gobierno federal en la decisión de la máxima autoridad judicial de un estado federado. Aun así, algunos juristas y politólogos no consideran esta interpretación plenamente válida, dado que el gobierno federal es el responsable último de las decisiones exteriores. El debate, a poco más de 48 horas que acaben las vacaciones de Semana Santa, sigue abierto.

En su edición digital, Der Spiegel asegura que los catalanes “han conseguido su objetivo”: “Convertir una disputa española en un debate europeo”, puesto que “Madrid no permitirá de buen grado que [Catalunya] se vaya y porque la economía catalana depende de las exportaciones al mercado europeo”. “No en balde”, añade el semanario, “al camino a la independencia los catalanes lo denominan proceso: piensan en años y quizás en décadas”.

El vicedirector de la fundación Wissenschaft und Politik, Günther Maihold, afirma desde las páginas del semanario que ahora el conflicto “se ha internacionalizado” y recomienda que diplomáticos alemanes traten la cuestión tanto con Madrid como con los partidarios de la independencia en Catalunya para calmar la situación. “El gobierno federal se encuentra bajo presión” en opinión de Der Spiegel, que cita la oposición de Alternativa para Alemania (AfD), Die Linke y Los Verdes a la extradición, e incluso llega a decir que “no podía a Puigdemont pasarle nada mejor que ser encarcelado”.

Un reclamo que no parece llegar al otro lado del edificio del Bundestag, donde se encuentra la Cancillería. En su artículo a la edición impresa, Der Spiegel recoge no sólo cómo la detención del presidente catalán se llevó a cabo en un operativo supervisado directamente por los ministerios del Interior y de Justicia alemanes, sino también las quejas de las autoridades del país hacia sus colegas daneses y finlandeses. “El escándalo no es la detención de Puigdemont en Alemania, lo que es vergonzoso es la inacción de las autoridades en Finlandia y Dinamarca”, critica Günther Krings, secretario de Estado parlamentario en el Ministerio del Interior. Y contiene un detalle que todavía puede inflamar más la situación en Catalunya: si finalmente Puigdemont es extraditado, explica el semanario, “se ahorrarán tener que enviarlo en España” y serían agentes españoles quienes “tendrían que recoger al rebelde catalán” en Alemania.

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