Cuando uno queda con dos miembros de los CDR —Comités de Defensa de la República— del barrio de Vallcarca, en Barcelona, espera a dos antisistema que según el estereotipo deberían llevar capucha, tener rastas y usar un lenguaje radical. Los CDR están en la izquierda del universo de la CUP, que engloba, entre otros, a Arran, Endavant, Poble Lliure y Constituents per la Ruptura. Para algunos son un apéndice más, para otros funcionan de manera autónoma. Toman su nombre de los Comités de la Defensa de la Revolución cubanos.

Son tan asamblearios que decidieron en una si debían hablar con el periodista. El pacto es nada de fotos y de apellidos, solo Aran y Albert, de 38 y 42 años respectivamente. “Vamos a hablar a título personal porque no podemos hacerlo en el nombre de todos”, aclara Albert. Ambos se alejan del cliché y tienen un discurso articulado y realista. 

Los CDR cambiaron su R después del 1-O. Pasaron de defensa del Referéndum a defensa de la República. Son, según Albert, entre 200 y 250 en toda Catalunya. Y están en alza.

El 8 de noviembre llevaron el peso en la huelga al margen de los sindicatos tradicionales. No tuvo un seguimiento masivo, pero fue un éxito mediático: supuso una demostración de fuerza. Los CDR cortaron las vías del AVE en Barcelona y Girona, varias autopistas y carreteras, además de los pasos fronterizos con Francia en la Jonquera, Seu d’Urgell y Puigcerdà. Fue un cambio respecto a la huelga general del 3 de octubre, llamada de país. Carles Puigdemont les felicitó desde el exilio pese a que los CDR no tienen nada que ver con el universo burgués del PDeCAT.

Esa huelga del 8 de noviembre les puso aún más en un mapa en el que ya estaban. Fueron los encargados de la ocupación de los colegios electorales en la víspera del 1-O y de esconder parte de las urnas. También fueron los protagonistas el 20 de septiembre en la protesta ante la Conselleria de Economía por la entrada de la Guardia Civil.

Institut Broggi de Barcelona obert el 30 d'octubre de 2017 pel Referendum del 1 d'Octubre

Institut Broggi de Barcelona, abierto el 30 de octubre de 2017 para garantizar la celebración del 1-O ROBERT BONET

Aran asegura que en el 27 de octubre, el día de la declaración de la DUI, faltó valentía. “Si los consellers y el president se hubieran encerrado en sus despachos estábamos preparados para rodear los edificios y defender las instituciones desde la calle. Fue un error no ir hacia delante. Fue una gran decepción”.

Los CDR esperaban repetir su éxito del referéndum cuando los antidisturbios de la Policía Nacional y de la Guardia Civil apalearon a personas dentro de los colegios. Algunos reconocen, no es el caso de Albert ni Aran, que supieron situar a las mujeres y a los niños en primera fila. Su objetivo es forzar al Gobierno central a una negociación.

Los de CDR se han organizado para vigilar el desarrollo y escrutinio de las elecciones. Muchos estarán en los colegios electorales como interventores de los partidos independentistas, igual que algunos miembros de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), cuyo líder, Jordi Sànchez, está en la cárcel. Hay temor a un pucherazo.

En los Whatsapp independentistas corren los rumores: “censo inflado, gente pagada para ir a votar, voto por correo manipulado, prohibición de observadores internacionales”. En el caso de los CDR lo que fluye es información. Se comunican por Telegram con mensajes encriptados. La ANC es capaz de movilizar a cientos de miles de personas, los CDR mueven miles de personas con gran rapidez. Resultan más ágiles. Son la fuerza de choque del independentismo.

“Cada CDR es diferente y autónomo”, dice Albert, “unos están más a la izquierda que otros. En el nuestro somos 35 personas. Todo se decide en asamblea”. Tras lo ocurrido el 1-O se han incorporado más personas a las reuniones. Aran asegura que en su CDR hay personas mayores. “Lo ocurrido en estos meses ha permitido que muchos se sientan parte de algo, ha creado en la sociedad nuevas lealtades. Es un movimiento intergeneracional. Ha calado en la sociedad catalana. En la huelga general del 8 de noviembre las personas mayores eran las más decididas a cortar las carreteras, a veces mucho más que los jóvenes”.

Ambos sostienen que los partidos que defendían la Declaración Unilateral de Independencia han sido demasiados naíf al pensar que el Estado no iba a reaccionar. A Aran tampoco le ha sorprendido la actitud de la UE. Ella, como la CUP, defiende que es mejor estar fuera de esta “Europa austericida” que olvida a las personas.

Muestran las urnas desde dentro del colegio electoral Escola Industrial

Urnas en el interior del colegio electoral Escola Industrial © sandra lázaro

Creen que una de las enseñanzas de lo ocurrido tras la declaración de independencia es que no se puede ir a una secesión con el apoyo actual, por debajo del 50%, pero también piensan que existe una base social creciente para arrancar un referéndum pactado que “ponga al Estado contra las cuerdas”, en palabras de Aran.

Los CDR como la CUP están tan interesados en el cambio de modelo económico, social y político como en la independencia. Creen que ese cambio solo será posible fuera de España; en este caso, la independencia sería el instrumento para lograrlo.

A diferencia de Junts per Catalunya y ERC, los CDR no forman parte de la “revolución de las sonrisas”; creen que ya no hay motivos para sonreír.

El bar en el que hablamos se va llenando de gente, todos jóvenes. Muchos están más cerca del estereotipo del antisistema diseñado por algunos medios. La mayoría bebe botellines. Abunda la Estrella Galicia. Muchos les ubican cerca del espíritu revolucionario de Mayo de 1968. El bar parece arrancado de aquel París.

“No es que haya que pausar el proceso porque ya está pausado”, asegura Albert. A Aran le preocupa que pueda ganar Inés Arrimadas. Cree que podría ser el síntoma del pucherazo, pero añade que si gana limpio lo aceptarían. No saben cuál será el rumbo en las próximas semanas, pero están convencidos de que se ha creado una base ciudadana muy sólida que les permite ser optimistas a medio y largo plazo.

Albert asegura que los CDR también trabajan por su barrios como un movimiento vecinal. En Vallcarca tienen un problema con la especulación. Aran está de acuerdo con el periodista en que “las asambleas son un coñazo”, pero sirven para que la gente conozca la realidad y se empodere. La información que se mueve en ellas y a través de Telegram es, a su entender, una alternativa a la información manipulada de los grandes medios.

El ruido del bar no permite escucharse. Sucede como en la política: demasiadas voces que hablan al mismo tiempo. Aran dice: “siento que no podamos invitarte, pero estamos justos”. En la calle sopla el viento. En esa zona del barrio de Vallcarca aún no ha llegado la Navidad.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.