Darío Rivas estuvo décadas exigiendo justicia para su padre, alcalde de la pequeña localidad de Castro de Rei asesinado en 1937 y cuyo cuerpo logró recuperar casi 70 años después, en 2005. Un lustro más tarde, un 14 de abril de 2010, presentó ante la justicia argentina una querella por genocidio y crímenes de lesa humanidad contra la dictadura ante la nulidad y falta de progreso de las causas abiertas contra el franquismo en España. Como primer firmante, junto a Inés García, inició una causa que fue creciendo y acumulando miles de casos de represaliados, torturados, desaparecidos y asesinados durante el régimen de terror.

A punto de cumplir cien años, este gallego universal y pionero falleció este lunes en Argentina, esperando todavía  por la justicia que buscan él y tantos familiares. Nacido en Castro de Rei en 1920, hasta su último día reclamó la reparación de su padre, Severino Rivas, republicano, con nueve hijos y asesinado a pocos meses del comienzo de la guerra civil. El mismo hombre que pedía semillas en la ciudad para que sus vecinos plantasen centeno en la aldea, que repartía carne entre los más necesitados tras la matanza o que improvisó una escuela en su casa junto a otros maestros. Por estas y otras solidarias acciones como alcalde del pueblo fue asesinado por falangistas en Portomarín, también en la provincia de Lugo. Darío ya no estaba con él. Con nueve años se había marchado a Buenos Aires, donde se reencontró con una hermana que había emigrado antes. La madre de ambos había fallecido ya. Con 17 años se enteró del asesinato por carta.

A pesar de que juró no volver a pisar su tierra, acabó volviendo con su mujer en los 50. No recibió explicación alguna de la Administración ni de la Iglesia para dar con los restos del padre y buscó y recopiló toda la documentación posible para demostrar lo que todo el entorno sabía: que había sido asesinado, “por traición a la patria” y “por comunista”, como justificaron los fascistas. Durante una visita a Portomarín logró hablar con vecinos, que no sólo recordaban al que había sido alcalde de Castro de Rei, sino que sabían exactamente el lugar donde lo habían matado, contra la capilla de Cortapezas. Incluso habló con el niño que fue obligado a velar su cuerpo. El cura no le dejó poner ni placa ni una pequeña cruz en el lugar.

Pero no se rindió nunca. Peleó, acumuló toda la documentación posible y con la ayuda de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) logró exhumar a Severino Rivas el 19 de agosto de 2005. Su cuerpo fue enterrado en el panteón de la familia y el hijo añadió una pequeña placa: “Papá, descansa en paz. Te lo pide tu niño mimado, Darío“.

Darío no descansó. No podía. Cinco años después de enterrar a su padre impulsó la querella argentina, que a pesar de los avances sigue bloqueada y atascada por el Estado español, que no atiende a requerimiento alguno de la justicia argentina ni facilita ningún proceso. Él la firmó para pedir que se procurasen los nombres y direcciones de los miembros de los gobiernos existentes entre el 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977, así como de los mandos militares, de la Guardia Civil, de Seguridad y de la Falange en el mismo período. Consideraba la demanda que sus delitos son imprescriptibles bajo el criterio de justicia universal y a pesar de la ley de Amnistía de 1977.

Decía siempre que no buscaba castigo, sino que los culpables quedasen señalados como tal y que los fusilados fuesen reconocidos como “héroes”, como él mismo era considerado entre los que veían cómo, con casi un siglo a sus espaldas, seguía buscando justicia y reparación. Los que lo conocieron, en alguna de sus últimas visitas a Galicia, quedaron impresionados por su entereza, su inteligencia y la emoción que desprendía de todos sus recuerdos, con los que emocionaba a sus interlocutores. Entre lágrimas acabó alguna intervención ante periodistas. Siempre con una sonrisa, buscó la paz a través de la justicia. Y se marchó esperando todavía por ella.




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