Es la universidad más grande de España: 74.000 alumnos y alumnas, 6.000 docentes e investigadores, 296 titulaciones. Y 15 denuncias por acoso sexual en el último año. La de Laura es una de ellas: poco después de comenzar el curso esta estudiante de Filosofía se atrevió a denunciar a uno de sus profesores. El profesor que le dio la primera clase de la carrera, el profesor que se mostró comprensivo con sus problemas familiares, el profesor que acabó tratando de quitarle el vestido en su despacho.

En solo unas semanas la universidad pondrá nombre y apellidos a este docente: comunicará la sanción que le impone después de una investigación en la que han aflorado otros casos contra él. Laura preferirá seguir siendo Laura, un nombre ficticio tras el que se esconde una veinteañera que ha encontrado en el feminismo y en el apoyo de otras mujeres, estudiantes y profesoras, las herramientas necesarias para dar este paso y sacudirse las culpas.

Todo empezó como si nada, sin estridencias, sin nada que llamara su atención. “Era un profesor simpático, salao, muy carismático, un tipo cercano y sensible”. Los problemas familiares impedían a Laura seguir todas las clases y así se lo comunicó a este profesor, que exigía presencia en sus seminarios. “Me dio su móvil, me dijo que así le podía notificar estas cosas directamente”. El cruce de mensajes comenzó de forma “suave”, que si un manual, que si hoy hacemos esto en clase. Hasta que un día, él le dejó caer un comentario más cercano. “Yo, la verdad, me sentía como una lolita, como mira qué bien que los traigo locos”, admite esta estudiante.

Pero la cosa fue a más, hasta el punto de que el profesor comenzó a contarle por móvil sus fantasías sexuales. “Era muy explícito, me contaba cosas fuertes. Yo probaba distintas respuestas. Si no respondía, él insistía”. Las frases que había escuchado durante esos meses en la facultad cobraron, entonces, sentido. “Había como una sensación de que este señor era un baboso, gente que decía que había que tener cuidado con él, se hacían bromas de lo que había que hacer si querías aprobar con este tipo”, recuerda.

Laura perdió el control que, creía, tenía sobre la situación. Él seguía siendo su profesor y la fecha del examen se iba acercando. “Empecé el curso sentándome en la primera fila y acabé el cuatrimestre en la última. Siempre me ponía de ejemplo ante los demás. En ese momento yo no era consciente del control que él tenía sobre mí”.

“Vi que tenía las de perder”

En vacaciones de Navidad llegó una invitación para ir a un concierto de música clásica. Ella aceptó. “No me parecía peligroso, era a las once de la mañana. Pero mentí a todo el mundo para ir, no me atrevía a hablar con nadie de esto”. Tapado por su abrigo, él puso la mano en su pierna. “Me aparté, acabé el concierto echa una bola en el lado contrario del asiento”. Después del concierto, la invitación a comer. Después de comer, la invitación para ir a su casa. Insistente, cortante, no me hagas esto. “Sencillamente vi que tenía todas las de perder. Que si en algún momento él me ponía mala nota y yo reclamaba él usaría esto contra mí. Me creí que ya metida en este juego no tenía salida, que no iba a quedar otra más que acostarme con él”, recuerda.

Ya en casa del profesor, los acercamientos y comentarios sexuales se sucedieron. “Él estaba super tranquilo. Yo simplemente me sentía mal. Me puso la mano en el paquete y me dijo lo dura que se la ponía. Yo me aparté”. Laura consiguió escapar de la casa “con una excusa”. 

Laura en el campus de la Complutense de Madrid en Ciudad Universitaria / Olmo Calvo.

Laura en el campus de la Complutense de Madrid en Ciudad Universitaria / Olmo Calvo.

Los mensajes continuaron. Él le reprochaba su frialdad: “Yo le había contado cosas personales de mi familia. Ahora me doy cuenta de que en lugar de ayudarme, se aprovechaba de mi. Me decía que estaba triste y enfadado”. La culpa atenazó a Laura, que llegó a quedar con su profesor para pedirle perdón. “Me plantó un morreo y me dejé”. Durante las semanas anteriores al examen, Laura se encontró varias veces a su profesor por los pasillos. Él la citó en su despacho y ahí, en esas cuatro paredes, es donde sucedieron los hechos más explícitos que, aún hoy, le cuesta recordar con nitidez. “Trató de quitarme el vestido. Una vez forecejeamos. Otra vez recuerdo haber cerrado los ojos y, cuando los abrí, me vi en sujetador. Me sentí tan asquerosa que me vestí como pude y me fui corriendo”. 

El examen llegó y también la nota: un 9, en línea con el resto de su expediente. “Aguanté hasta el examen, aunque yo en ese momento no tenía claro que eso era acoso. Pensé que era mi culpa, que no me hubiera pasado si yo no fuera una chica lanzada”, reflexiona ahora Laura, que ha evitado al profesor el resto de su carrera. No ha sido hasta este año, cuatro después de los hechos, que se convenció de que aquello que pasó fue acoso sexual. “El feminismo me ha cambiado. Este año he estado con amigas, he empezado a contarlo, cada vez lo hablaba más y empecé a darme cuenta”. El punto de inflexión sucedió un día en la facultad, cuando al entrar en una clase le vio a él dentro: “Iba a darla otro profesor pero estaba él. Me bloquee, me fui al baño y empecé a llorar”. Una amiga la acompañó, la escuchó: “Claro que eso fue acoso”, le dijo.

Rastreo de casos

A partir de ahí comenzó un proceso que desembocó en su denuncia. Habló con alumnas, con profesoras. “Me he sentido muy acompañada, ha habido un grupo de mujeres que me han ayudado mucho”. Entre todas rastrearon más casos y testimonios que hablaban de comentarios y comportamientos inadecuados desde hacía años. “Cada paso que dábamos estaba medido. Nos decían que podíamos tener problemas por esto o por lo otro”, afirma Laura. Finalmente, el mismo día que cumplía 22 registraba su denuncia ante la Unidad de Igualdad de la Universidad Complutense. 

Ella sigue acudiendo a sus clases en la facultad, él sigue dando las suyas. El caso es la comidilla de Filosofía, todo el mundo habla de lo mismo. “Hace tiempo lo pasé mal, ahora estoy mejor, sin miedo. Siento que este espacio es tan mío como suyo. Siento el apoyo de la gente y de los profesores”. Laura habla segura y convencida, agradecida y también contenta de que su caso haya servido para que otras mujeres se acerquen, pregunten, e incluso se estén planteando denunciar otros casos. En unas semanas, la Unidad de Igualdad comunicará la resolución contra este profesor e impondrá su sanción. Aunque la denuncia de Laura activó el caso, sus hechos han prescrito según el protocolo contra las agresiones sexuales de la universidad. La sanción se limitará a los últimos casos documentados, más “suaves”. Laura sabe que la sanción no será satisfactoria para ellas, pero no se muestra desanimada. “Estamos orgullosas”.

Esta historia forma parte de la serie Rompiendo el Silencio, con la que eldiario.es quiere hablar de violencia y acoso sexual en todos los ámbitos a lo largo de 2018. Si quieres denunciar tu caso escríbenos al buzón seguro rompiendoelsilencio@eldiario.es. 

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